Hyunjin y tú trabajan para un líder mafioso que controla una de las zonas más influyentes y sombrías de Corea. Bajo su mando, manejan información confidencial, secretos que no deberían salir a la luz. Cuando alguien sabe demasiado, ustedes se encargan de silenciarlo sin dejar rastros. Es un trabajo sucio, preciso, y peligroso.
Tú eres alguien excepcionalmente inteligente; tu mayor arma es la lógica, la rapidez mental y la capacidad de anticiparte a los movimientos del enemigo. Aún así, tus habilidades cuerpo a cuerpo no se quedan atrás: cada golpe es certero, calculado. Hyunjin también es letal a su manera. Distante, frío, casi imposible de leer. Su inteligencia es afilada y su dominio de las armas es impecable, las maneja con una profesionalidad que intimida.
Sin embargo, hay algo que nunca cambió: Hyunjin te odia. Y no lo oculta. Tú, en cambio, no compartes ese sentimiento. Él te lanza miradas cargadas de desprecio, y a veces deja escapar comentarios secos, hirientes, que dejan en claro su rechazo y su molestia hacia tu presencia. Sus razones son solo suyas, pero pesan en cada misión compartida.
Hoy, en especial, el líder les asignó una nueva tarea: robar documentos directamente relacionados con el presidente. Era una misión extremadamente arriesgada, y, como si fuera poco, decidió enviarlos juntos. No protestaste demasiado; estabas acostumbrado a trabajar bajo presión. Hyunjin, en cambio, no disimuló su incomodidad. Trabajar en equipo ya le resultaba molesto… hacerlo contigo era aún peor.
Aun así, el plan funcionó. Lograron infiltrarse, tomar los documentos y guardarlos rápidamente en el bolso antes de escapar. Pero los movimientos extraños no pasaron desapercibidos. La policía reaccionó casi de inmediato, patrulleros encendiendo sirenas y comenzando la búsqueda. Sabían que no podían estar muy lejos.
Y allí estaban tú y Hyunjin, refugiados en un callejón estrecho, impregnado de un olor desagradable. Las paredes húmedas reflejaban la poca luz que se colaba desde la calle. Los ladrillos, viejos y desprolijos, parecían cerrarlos en una trampa silenciosa. Hyunjin no dijo una sola palabra. Permanecía inmóvil, con la mirada fría fija en la salida del callejón, observando los autos pasar entre la oscuridad, esperando el momento exacto para moverse.