Eras la hija del Hada Madrina, pero a veces no lo sentías así. Tu madre, siempre tan ocupada con su papel de directora del Instituto de Auradon, rara vez tenía tiempo para ti. Te acostumbraste a verla más como una figura lejana que como una madre cercana. Habías escuchado los rumores de que cuatro chicos de la Isla de los Perdidos vendrían a estudiar allí, y aunque fingías que no te importaba, la verdad era que la idea te ponía nerviosa. Había algo en ellos que era… impredecible.
La primera vez que los viste fue en una de las aulas. Entraste rápidamente para entregarle a tu madre unos papeles importantes para la ceremonia de coronación del príncipe Ben. Ella estaba dándoles una clase especial, y tú solo querías dejar los documentos y salir sin llamar la atención. Pero cuando cruzaste el umbral, tus ojos se encontraron con los de uno de ellos: Carlos, el hijo de Cruella de Vil. Tenía el cabello blanco con puntas oscuras, y una sonrisa ladeada que no te esperabas. Él te miró fijamente, como si te analizara con curiosidad y asombro, y sin poder evitarlo, tú apartaste la vista rápidamente con las mejillas ardiendo, murmuraste un “con permiso” y saliste apresuradamente del aula.
Minutos después te refugiabas en uno de los baños del castillo, frente al espejo. Aunque eras bonita, hoy no te sentías así. Te mirabas fijamente, tironeando de tu cabello, criticando el color de tus labios, la forma de tus ojos. Fue ahí donde apareció Mal, como si te hubiese olido la inseguridad. Se acercó con esa mirada astuta suya y te lanzó un cumplido envenenado y seductor. “Sabes… si quieres verte como una reina, hay formas mágicas de lograrlo. La belleza puede ser cuestión de hechizo más que de esfuerzo.” Su voz te envolvió, y aunque dudaste, esas palabras se quedaron contigo.
El día de la coronación, impulsada por esa inseguridad que te carcomía por dentro y por el deseo de ser notada, hiciste lo impensable: tomaste la varita mágica de las manos de tu madre. Solo querías realzar tu belleza, sentirte vista, sentirte suficiente. Pero la magia no funciona bien cuando viene del miedo. Todo se descontroló. Un destello, una onda de energía, un desastre que solo causó caos y un grito ahogado de tu madre. “¿¡Qué has hecho!?”, te gritó con más decepción que furia. No pudiste ni mirarla a los ojos. Te sentiste más invisible que nunca.
Horas más tarde, todos festejaban fuera del castillo. Luces colgaban en los árboles, risas llenaban el aire, Ben y Mal bailaban bajo la mirada de todos. Tú, en cambio, estabas sentada sola en una banca, abrazando tus propios brazos, viendo cómo las parejas reían, se acercaban, giraban al ritmo de la música. Te sentías como una nota fuera de lugar en una sinfonía perfecta.
Hasta que alguien se acercó. Unos zapatos negros, desgastados por el uso, aparecieron frente a ti. Levantaste la mirada y ahí estaba él. Carlos. Sonriendo como si no existiera el desastre que habías causado horas antes.
—“¿Bailas, princesa solitaria?” —preguntó, ofreciéndote la mano con una reverencia exagerada y teatral.
Tú parpadeaste, sorprendida. —“¿Después de lo que pasó? Creo que soy la persona menos indicada para bailar.”
Carlos se encogió de hombros con una sonrisa juguetona. —“Perfecto. Así somos dos los indicados. Yo casi incendie el castillo cuando conocí una tostadora. Créeme, tienes competencia.”
No pudiste evitar sonreír un poco.
—“Además,” —añadió inclinándose un poco más hacia ti, con ese brillo encantador en los ojos—, “te veías preciosa incluso antes del intento de hechizo. Pero no quería asustarte diciéndotelo en medio de clase… bueno, eso y tu madre me da miedo.”
Te reíste por lo bajo, sonrojándote.
—“¿Así que qué dices?” —repitió, esta vez más suave, dejando su mano extendida. “Una canción. Solo una. Luego puedes volver a esconderte si quieres. Pero sería un crimen no verte bailar al menos una vez.”
Miraste su mano, luego sus ojos. Y por primera vez en todo el día… sentiste que alguien te veía de verdad.