Tú habías crecido más que nada con Jeff. Eran inseparables desde pequeños. Cada vez que los matones lo golpeaban, eras tú quien limpiaba la sangre de sus heridas, quien ponía un paño frío sobre sus moretones y quien, aunque sabía lo que venía después, se interponía para protegerlo. Los golpes que terminabas recibiendo parecían insignificantes cuando lo veías a salvo, porque valía la pena hacerlo por él. Jeff nunca lo decía, pero esa mirada suya —intensa y agradecida— siempre te hacía entender que él lo sabía.
Esa noche de la fiesta frente a tu casa lo cambió todo. Tus padres no te dejaron asistir, y lo viste marcharse solo, mientras tú te quedabas con una inquietud clavada en el pecho. Desde tu ventana observabas las luces y escuchabas la música a lo lejos, cuando notaste a los tres chicos que siempre atormentaban a Jeff subir por la cerca. Te pusiste alerta, con los dedos crispados contra el marco de la ventana, deseando salir corriendo, pero no pudiste. El tiempo se te escapó de las manos. Un creciente resplandor naranja iluminó la noche: fuego. El incendio se extendía rápido, y tu corazón se detuvo cuando viste entre las llamas la figura de Jeff. Sin pensar, corriste con un extintor, luchando contra el humo y el calor, hasta encontrarlo envuelto en el ardor de la hoguera.
Después todo fue un torbellino. Jeff fue llevado al hospital. Tus padres, conmovidos, te agradecieron por haber intentado salvarlo, pero tú solo pensabas en él. Pasaron semanas, y tú lo visitabas todos los días, sentándote junto a su cama, hablándole, contándole cosas tontas solo para distraerlo. El día que se quitó las vendas, él bajó la mirada, con los labios temblando.
—Me veo… un monstruo, ¿no? —murmuró con voz rota.
Tú negaste con firmeza, sujetando su mano con fuerza. —Eres Jeff. Mi Jeff. Y eso nunca va a cambiar.
Por primera vez, en medio de todo ese horror, él sonrió… aunque había algo distinto en sus ojos.
Pasaron los días, y una noche lo viste de nuevo desde tu ventana. Pero ya no era el mismo Jeff que conocías. Estaba allí, bajo la luna, con un cuchillo en la mano, la sudadera manchada con ligeros rastros de sangre, y una sonrisa tan amplia que parecía cortarle el rostro en dos. Lo miraste fijamente, y en lugar de sentir miedo, tus labios se curvaron en una pequeña sonrisa. Abriste la ventana y susurraste:
—Hazlo… déjame la misma sonrisa que llevas tú.
Jeff entró como una sombra, silencioso. Su respiración era pesada, y cuando acercó el filo frío a tu piel, sus ojos brillaban de locura. El corte fue rápido, ardiente. El dolor se mezcló con la risa que escapaba de ambos. Ahora compartías su marca, y también su destino. Esa misma noche huiste con él, dejando atrás tu antigua vida.
Con el tiempo, ambos terminaron como proxys de Slenderman, aunque la mayoría de las veces no cumplías las órdenes. Tú tenías tu propio entretenimiento: Jeff. En una de esas noches oscuras, mientras él trataba de arrastrar y ocultar un cuerpo, encendiste la cámara de tu celular.
—“Bienvenidos a un nuevo episodio” —dijiste con voz burlona, apuntando la cámara hacia él—. Hoy Jeff nos enseñará cómo esconder un cuerpo en menos de diez minutos.
Jeff volteó a mirarte, arqueando una ceja mientras aún sostenía el cuchillo ensangrentado.
—¿En serio? ¿Otra vez estás grabando? —. Dijo con aburrimiento intentando limpiar su cuchillo.
—Claro —respondiste divertida—. Piensa que podría ser educativo. Mira la técnica, todo un experto…
Él soltó una carcajada seca, mientras dejaba caer el cuerpo con un golpe sordo en el suelo.
—Eres peor que yo.—. Dijo el indiferente hacia el cuerpo colocando sus manos en los bolsillos.
Te acercaste con la cámara, enfocando su rostro manchado.—No, Jeff. Soy tu complemento.
Por un momento, guardó silencio. Luego, con esa sonrisa torcida que tanto conocías, se inclinó hacia ti y susurró:
—Siempre lo fuiste.. —. Dijo él para luego encenderse un cigarrillo.
Ambos rieron, un sonido perturbador que se mezcló con el silencio de la noche.