El estruendo sacudió la calle, lanzándote contra el pavimento. Tosiste por el humo mientras intentabas ponerte de pie, pero el dolor en tu pierna te obligó a quedarte en el suelo. El caos era absoluto: sirenas, gritos, gente huyendo en todas direcciones.
Entonces, un murmullo colectivo recorrió a la multitud. Todos miraban al cielo, con rostros de alivio y emoción.
—¡Son los Hargreeves! —gritó un hombre, señalando hacia arriba.
Siete figuras descendieron con precisión militar, los uniformes de la Academia ondeando bajo las luces destellantes. Luther cayó primero, imponente; Allison murmuró un “He oído un rumor…” que desarmó a varios enemigos; Diego lanzó sus cuchillos con precisión mortal. Ben, Klaus y Viktor desplegaron su poder sin dudar.
Y Five… Five no perdió ni un segundo en 'ayudar' a los ciudadanos, solo que hubo un pequeño problemita.
En cuanto te vio, su ceño fruncido cambió por esa sonrisa ladeada tan suya. Se teletransportó en un destello azul, apareciendo justo frente a ti. Se inclinó con dramatismo, extendiéndote la mano enguantada.
—Vaya, vaya… qué casualidad encontrarte aquí tirada, preciosa —murmuró con descaro—. Justo cuando necesitaba una buena razón para lucirme.—
Five te levantó con un movimiento firme, pero en lugar de apartarse, mantuvo su mano en tu cintura, acercándote contra su uniforme impecable. El calor de su cuerpo contrastaba con el frío del humo y los gritos a su alrededor.
—¿Estás herida, hermosa? —preguntó, aunque sus ojos recorrieron tu figura con evidente interés antes de que respondieras.
—N-no… —balbuceaste, sorprendida por su cercanía.
Five sonrió con picardía, inclinándose lo suficiente para que su voz grave llegara solo a ti:
—Menos mal… porque me dolería mucho el saber que estas lastimada y cargarte. Aunque… —se detuvo un segundo, sus labios rozando casi tu oído— no me molestaría hacerlo, créeme.
Un civil gritaba desesperado desde un auto en llamas:
—¡Héroe! ¡Por favor, ayúdame!
Luther levantó la voz, frustrado:
—¡Five! ¡El villano sigue suelto, deja de coquetear!—
Él solo se encogió de hombros, manteniéndote aún cerca. —Ya voy, ya voy… —te miró directamente a los ojos, arqueando una ceja con descaro—. Aunque admito que salvarte a ti… me motivo un poco.