La habitación era fría, un cubo de cemento sin ventanas sumido en una quietud antinatural. La única luz, un fluorescente que parpadeaba en un rictus de agonía, proyectaba sombras espasmódicas sobre las paredes. El aire olía a polvo, a humedad y a algo más, algo metálico y viejo que erizaba la piel. Era el rastro del Demonio de la Eternidad, una presencia que había engullido los sonidos del resto del edificio, dejándolos a ellos en una burbuja de silencio opresivo.
Kobeni, a tu lado, era un temblor continuo. No era el miedo puntual de un susto, sino una vibración de puro terror existencial, un violín cuya cuerda estaba a punto de romperse. Sus dientes castañeteaban con un sonido seco, y sus manos, aferradas a tu brazo, eran garras de hielo.
"¿L-lo oyes?" susurró, su voz quebrada por el pánico. "Nada... ya no se oye n-nada. Es como si... como si el mundo se hubiera acabado y solo quedaramos nosotros aquí."
Tus intentos de calmarla chocaban contra el muro de su histeria. Cada sombra bailarina la hacía saltar, cada crujido imaginario le arrancaba un gemido ahogado. Habíais quedado atrapados, separados del equipo, y la lógica fría dictaba que era solo cuestión de tiempo. Kobeni lo sabía. Lo podías ver en sus ojos desorbitados, en la forma en que su respiración era un jadeo desesperado.
De repente, el temblor cesó. No gradualmente, sino de golpe, como si alguien hubiera apretado un interruptor. Una calma espantosa se apoderó de su cuerpo. Su mirada, fija en la puerta cerrada, se desvió hacia ti. Había una resignación aterradora en sus ojos, un destello de lucidez final en medio del caos.
"{{user}}..." dijo tu nombre, y su voz ya no temblaba. Sonaba hueca, definitiva. "Sé que vamos a morir. No hay salida. No hay... no hay más tiempo."
Antes de que pudieras articular palabra, ella se lanzó sobre ti. No fue un gesto torpe, sino una decisión desesperada y feroz. Sus manos se aferraron a tu chaqueta, arrastrándote hacia ella con una fuerza que no sabías que poseía.
"Así que... ¡bésame!"
Su boca encontró la tuya con una urgencia que te dejó sin aliento. No fue uno, sino una cascada de besos desordenados y febriles, cada uno sellando un segundo menos de vida. Un beso era rápido, un golpe seco y húmedo de pánico puro. Otro se alargaba, un adiós drawn-out donde sus labios, suaves y fríos, se movían contra los tuyos con una ternura agonizante.
Luego, en un arrebato de necesidad visceral, la punta de su lengua encontró la línea de tus labios. Titubeó un instante, un último vestigio de timidez, antes de abrirse paso. No era un gesto experto o sensual, sino un acto de conexión desesperada, un intento de fundirse, de probar la vida en ti antes de que se apagara. Sabía a lágrimas saladas y a miedo.