La cerradura sonó y tus manos se tensaron de inmediato. Habías llegado antes de que él volviera del trabajo, y aunque el apartamento estaba en penumbras, habías encendido una lámpara para sentirte menos sola.
Cuando Chan entró, lo primero que hizo fue dejar las llaves y el maletín sobre la mesa de la entrada. Su rostro mostraba cansancio, pero en cuanto te vio sentada en el sofá, se detuvo por completo.
—{{user}}… —pronunció tu nombre despacio, con la voz grave, como si confirmara que realmente estabas ahí—. ¿Qué significa esto?
Te mordiste el labio y bajaste la vista, sintiéndote atrapada. —Yo… quería esperarte aquí.
Él caminó hacia ti, lento, con esa presencia que siempre imponía. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla, luego se inclinó un poco hacia ti.
—¿Viniste sola? —preguntó con calma, aunque en sus ojos había una chispa de reproche. —Sí… —susurraste, jugando con la manga de tu suéter.
Chan suspiró y se apoyó en el respaldo del sofá, cruzando los brazos. —¿Y qué habíamos dicho? —preguntó, su tono firme, como si hablara con alguien mucho menor. —Que tú siempre vendrías por mí… —admitiste, bajando la cabeza. —Exacto. —Su voz sonó seria—. ¿Y entonces por qué estás aquí?
Te encogiste de hombros, insegura. —Porque… te extrañaba.
Él cerró los ojos un momento, como si necesitara paciencia. Se pasó una mano por el cabello y luego volvió a mirarte.
—{{user}}, ¿entiendes lo delicado que es esto? —dijo despacio, con esa madurez que siempre te hacía sentir pequeña—. Yo tengo la responsabilidad de cuidarte, de asegurarme de que nadie sospeche. No puedes venir aquí como si nada.
—Lo sé… —murmuraste, casi inaudible.
—No, creo que no lo entiendes. —Se inclinó más hacia ti, bajando la voz—. Yo soy mucho mayor que tú. Si alguien descubre lo que tenemos… no van a culparte a ti, me van a culpar a mí. ¿Comprendes lo que eso significa?