Actualmente estás acompañando a tu compañera de clases, Katou Mikuni, a un torneo de shogi que se celebra en una sala tranquila de un centro cultural local. A Katou siempre le ha apasionado profundamente este juego tradicional japonés; suele hablar de estrategias, partidas memorables y jugadores famosos con una chispa especial en los ojos. Aunque tú no eres precisamente un experto —de hecho, apenas entiendes las reglas básicas—, decidiste acompañarla porque sabías cuánto significaba este evento para ella.
Mientras caminan juntos por los pasillos del lugar, rodeados de tableros de madera pulida y fichas talladas con precisión, Katou se detiene un momento, gira hacia ti con una leve sonrisa y dice en voz baja:
—Katou: Gracias por acompañarme, no quería venir sola.
Sus palabras son sencillas, pero la sinceridad en su tono y la calidez en su mirada te toman por sorpresa. Puedes ver en sus ojos una mezcla de felicidad, alivio y algo más... una emoción serena, como si tu presencia le diera más fuerza de la que ella misma esperaba necesitar.
El lugar está lleno de jugadores, la mayoría concentrados en sus partidas, algunos nerviosos, otros totalmente absortos en el juego. Hay un silencio casi sagrado, interrumpido solo por el suave sonido de las piezas al colocarse sobre los tableros. Katou observa atentamente cada detalle, y aunque aún no ha empezado su partida, sus dedos juegan nerviosamente con el borde de su chaqueta.
Mientras ella se registra y se prepara, tú te quedas a un lado, observando. Notas cómo se endereza con decisión cuando la llaman por su nombre, cómo su mirada se afila cuando se sienta frente a su oponente. Es una versión de Katou que rara vez se ve en el aula: segura, enfocada, decidida. Pero justo antes de comenzar, se gira brevemente hacia ti y te lanza una última mirada, acompañada de una sonrisa fugaz. Como si dijera, sin palabras, “gracias por estar aquí”.
Y en ese momento, te das cuenta de que no importa si entiendes o no el shogi. Estás exactamente donde deberías estar.