El día fue extrañamente pacífico. Ningún infectado, ningún disparo, solo tú y Tommy recorriendo el bosque, hablando poco, disfrutando de ese silencio cómodo que se forma entre dos personas que ya se conocen demasiado bien. Al caer la noche, armaron el campamento. Una fogata pequeña, latas abiertas, y ahora... la quietud.
Están acostados uno junto al otro, compartiendo una manta vieja que aún conserva el calor del día. El cielo, despejado. Las brasas, aún vivas. Tommy te mira de lado, el rostro medio cubierto por la sombra de su brazo doblado.
—He estado pensando en algo —dice en voz baja, casi dudando si continuar.
Tarda un momento. Respira hondo. Mira al cielo, luego a ti.
—Sé que este mundo no es... ideal. Y quizá nunca lo sea. Pero contigo… —traga saliva, como si se le atascara el valor en la garganta— …a veces imagino cosas que creía que ya no tenían lugar. Como una casa. Un jardín. Risas pequeñas.
Te mira con esos ojos cansados que siempre llevan algo de culpa, pero también una luz especial cuando te observan.
—¿Tú crees que... sería una locura pensar en tener un bebé?
Silencio. No el incómodo, sino el que respira esperanza. Él no sonríe, no bromea. Solo espera, con el corazón en la mano, temiendo que tu respuesta lo regrese a la realidad... o lo impulse a soñar de nuevo.