El refugio era una construcción vieja, una estación de vigilancia abandonada. Todos tenían su propio rincón delimitado por mantas colgadas, cajas apiladas y el mínimo espacio personal posible. El equipo descansaba tras una jornada agotadora.
Te despertaste por una corriente de aire que se colaba entre las grietas de la madera. No encontraste tu chaqueta, así que fuiste a buscarla cerca de los percheros improvisados, pasando por la zona donde Hesh había armado su pequeño campamento personal.
Entonces lo viste.
A través de la lona fina que colgaba parcialmente caída, su silueta recortada por la luz tenue de una linterna encendida. No hacía falta ser ingenioso para notar su postura: sentado al borde de su saco, cuerpo inclinado hacia adelante, el antebrazo moviéndose de forma rítmica y contenida, su cabeza agachada. Su respiración… irregular.
Tu primer impulso fue apartar la mirada. Pero estabas congelado por el desconcierto.
Fue él quien te notó.
El movimiento cesó abruptamente. El silencio se volvió denso. No había forma de fingir que no lo habías visto, ni forma de él disimular lo que estaba haciendo.
La linterna se apagó.
—…Pensé que estaban todos dormidos —dijo su voz desde la oscuridad, seca pero sin enojo. Más bien resignada