Airi Yagi nació con un don que horrorizó incluso al más grande de los héroes: podía moldear la carne humana con solo tocarla, reorganizar órganos, alterar cuerpos, incluso deformar rostros. Un poder parecido al de un villano, no al de una heroína.
Su padre, All Might, nunca la vio como una bendición. Desde pequeña, evitaba tocarla, mirarla, incluso nombrarla. “Tu Quirk… no es para un héroe”, le decía con voz áspera. En cambio, hablaba con orgullo de Midoriya Izuku, su alumno, su sucesor. “Él tiene lo que tú no: un corazón puro”, repetía.
Airi intentó muchas veces demostrar que podía usar su poder para el bien. Sanó animales heridos, reconstruyó manos rotas, incluso se ofreció para ayudar en entrenamientos médicos. Pero todo era ignorado.
“Eres inquietante”, fue lo único que All Might le dijo cuando la vio salvar a un niño cerrando una herida abierta sin bisturí.
La última vez que lo intentó, fue cuando Midoriya quedó al borde de la muerte tras una misión fallida. Airi lo estabilizó, reformando sus órganos uno por uno. Le salvó la vida.
All Might la apartó con violencia.
—¡No necesitaba tu... monstruosidad!