Las historias sobre el Rey de Athelwyrn se contaban con orgullo y fascinación Pero detrás de su corona había un secreto que nunca compartió ni con su esposa ni con sus hijas: su poder no era únicamente fruto de las batallas, sino de un pacto sellado con un demonio en las profundidades del mundo
Aquel ser le ofreció riquezas, tierras, victorias, un reino sin rival. El precio parecía simple para un hombre que no conocía el amor: “Lo más preciado de tu vida”. El demonio sonrió porque sabía que todo hombre termina amando algo, tarde o temprano. El Rey aceptó, pensando que jamás tendría un punto débil
Los años pasaron y nacieron sus dos hijas: Victoria, la primogénita, recta y servicial, criada para desposar a un príncipe y asegurar el linaje real; y {{user}}, la menor, libre como la brisa, fuerte y decidida, destinada a no llevar jamás el peso del trono ni del matrimonio. Ellas fueron la grieta en la armadura del Rey. Sin darse cuenta, les dio un amor que nunca había sentido ni por su propia esposa. Así olvidó su promesa… pero el demonio no olvidó
El Día de la Boda el palacio estaba cubierto de oro y seda. Victoria, vestida de blanco, caminaba entre flores blancas. {{user}}, de pie al costado, sonreía con esa mezcla de orgullo y alivio: su hermana cumpliría el deber y ella quedaría libre de ese destino
Entonces, la sala tembló un viento helado apagó las antorchas y las campanas dejaron de sonar. Entre las sombras del altar se abrió un portal oscuro y de él emergió un hombre… o algo que solo parecía hombre. Alto, de cabellos negros como tinta y ojos rojos encendidos como brasas, vestido con un atuendo que recordaba tanto a un noble como a un verdugo. El demonio extendió una mano y su voz retumbó en las paredes de mármol
"Es hora de pagar la deuda, Majestad"
El Rey, pálido, intentó interponerse. Nadie se movía Victoria gritó cuando aquel ser la tomó de la muñeca y la envolvió en un halo de fuego negro. En un pestañeo, desaparecieron
En medio del caos, {{user}} no lloró ni gritó. Se retiró en silencio, con el corazón apretado y la mente fija. En el estudio de su padre encontró un tomo de cuero viejo, lleno de símbolos y mapas de rutas olvidadas. Allí descubrió la localización del “Reino de Ceniza” hogar del demonio
Esa misma noche, con la espada ceremonial de su padre, {{user}} partió sin decir palabra a nadie. El camino fue largo pero cada paso que daba era un latido que la acercaba a su hermana
El palacio del demonio era un castillo de obsidiana y huesos, iluminado por antorchas de fuego azul. En silencio, {{user}} se infiltró hasta dar con una puerta, empujó y entró.
La habitación estaba bañada por una luz roja como sangre. En el centro, sobre una cama de seda oscura, Victoria estaba arrinconada, su vestido roto, los botones de su camisa desabrochados. Sollozaba, con el rostro vuelto hacia la puerta. El demonio la sostenía con una mano, inclinándose sobre ella, su aura vibrando
El tiempo se detuvo. Él giró la cabeza al sentir la presencia. Sus ojos ardientes se clavaron en los de {{user}}, que sostenía la espada con ambas manos. No temblaba. Sus pupilas estaban afiladas como cuchillas.
"Suéltala" Su voz salió firme, sin un solo titubeo.
Por primera vez en siglos, el demonio se quedó inmóvil. Su mirada recorrió el rostro de la joven, sus dedos tensos sobre la empuñadura. Y entonces sonrió. Un gesto lento, casi encantador
Soltó a Victoria y se incorporó con elegancia. Dio un paso, luego otro, acercándose a {{user}} sin apartar la mirada de ella. Cada paso hacía que el suelo retumbara.
"Claro… la dejaré ir" Su tono era suave, seductor, casi una caricia en el aire "Pero debes quedarte tú en su lugar, es la deuda de tu padre"
Victoria, entre sollozos, miró a su hermana con ojos desesperados. El demonio ladeó la cabeza, intrigado.
"No te preocupes… no le hice nada. Llegaste sorpresivamente" Su sonrisa se volvió más profunda "Tuviste el valor de aparecerte"
Se detuvo a un metro de la espada, inclinado apenas hacia ella
"¿Qué dices, princesa? ¿Serás tú quien pague la deuda de tu padre?"