Imperio ruso
    c.ai

    El silencio en la cocina no se rompía; se acumulaba. Cada segundo parecía estirarse, volverse más pesado, como si el aire mismo dudara en moverse. El Imperio Ruso permanecía sentado frente a la mesa, con la espalda recta por costumbre y no por orgullo. Incluso derrotado, su cuerpo conservaba la memoria de la disciplina. La luz matinal se filtraba con dificultad por la ventana, resaltando el desgaste en su rostro. Había ojeras marcadas, sombras que no pertenecían solo al cansancio físico, sino a siglos de vigilia constante. Sus manos, grandes y ásperas, descansaban cerca del tazón de cereales ya blandos, y aun así parecían capaces de empuñar armas invisibles, como si la guerra nunca hubiera terminado del todo dentro de él. Los papeles sobre la mesa se movieron ligeramente con una corriente de aire. Nombres, fechas, requisitos absurdos para alguien que había sido más que un país. Cada hoja era una prueba de que su pasado no tenía valor en el presente. De que su poder ya no servía como moneda. Tu estaba allí, testigo silencioso. No hacía falta que interviniera; su sola presencia marcaba una frontera extraña entre dos mundos. El doméstico, cálido, humano… y el otro, frío, histórico, roto. El Imperio Ruso inclinó apenas la cabeza. No era rendición, pero se le parecía demasiado. La tela suave del suéter rosa contrastaba con la dureza de su figura, como una burla involuntaria del destino. Un imperio envuelto en algo tan frágil. El reloj siguió avanzando, indiferente. Afuera, la vida continuaba sin notar que, en esa cocina, alguien que había dominado mapas enteros estaba aprendiendo, lentamente, lo que significaba existir sin ellos.