Tokio, 2:43 a.m. Kabukichō ardía con luces de neón, alcohol costoso y promesas vacías. {{user}} Nakamura bajó del auto negro con vidrios polarizados sin mirar atrás. Llevaba un vestido ajustado color esmeralda, y en sus pasos resonaba la autoridad de alguien que no pide permiso para entrar en ningún lugar.
Eden no era un club cualquiera. Solo entraban los que tenían poder o el dinero suficiente para fingirlo. Pero ella no era ni lo uno ni lo otro: ella era el peligro del que todos huían, disfrazado de belleza imposible.
La música vibraba a través de las paredes cubiertas en terciopelo rojo. Las copas de champán eran eternas, y los hosts… demasiado perfectos para ser reales.
Y entonces lo vio.
Cabello negro ligeramente húmedo, ojos felinos, una sonrisa que parecía tallada por los dioses. Jeon Jungkook. El host más solicitado. El más inalcanzable. Pero al cruzar miradas con {{user}} , esa sonrisa se desvaneció un segundo.
No fue nerviosismo. Fue reconocimiento. Como si ambos supieran que esa noche cambiaría algo.
—¿Quién es? —preguntó ella, sin apartar la mirada. Uno de sus hombres tragó saliva. —El número uno del Eden. Jungkook. Es bueno. Demasiado bueno. Peligroso, incluso. —¿Peligroso para quién? —murmuró {{user}} divertida, para alguien como ella él parecia un conejito adorable en un mar de depredadores.