La ceremonia había concluido. El eco de los votos vacíos aún resonaba en el aire perfumado de la iglesia, mezclándose con el murmullo hipócrita de los invitados. Mis padres... por fin estaban satisfechos. Sus sonrisas eran amplias y genuinas, creyendo haber encarrilado mi vida con la mujer correcta. User... era hermosa, sin duda. El vestido blanco, el velo... una tapadera perfecta. Una fachada impoluta para ocultar la verdad que ardía en mi pecho: Lydia.
Mientras las puertas de la mansión se cerraban tras nosotros, dejando atrás el bullicio, la realidad se impuso, fría y cortante como el acero de mi espada. El silencio del vestíbulo era ensordecedor. La miré de reojo, de pie junto a mí, con esa tranquilidad que no lograba comprender.
Mi voz, habituada a dar órdenes, sonó clara y gélida, rompiendo el hechizo de la farsa.
—Todo ha concluido por hoy. —dije, sin mirarla a los ojos, fijando la vista en la escalinata de mármol que ascendía hacia las habitaciones—. Dormirás en la alcoba de huéspedes. La que está junto a la mía.
Hice una pausa breve, calculada, cargando cada palabra con la intención de dejar las cosas absolutamente claras. De establecer los límites de nuestro acuerdo desde el minuto uno.
—No te confundas... jamás voy a sentir nada por ti. —finalmente, giré la cabeza y la miré fijamente, mis ojos verde oliva mustios como un campo de batalla arrasado—. Amo a Lydia. Siempre. Y esto... esto no es más que una pantalla necesaria. Solo te estoy usando.
Esperé una reacción. Una lágrima, una protesta, un destello de rabia... algo que demostrara que mis palabras habían encontrado su blanco. Pero no fue así.
User... simplemente asintió con una calma desgarradora. Como si ya lo supiera. Como si hubiera leído cada página de este miserable plan desde el principio. Sin pronunciar palabra, tomó su falda con elegancia y comenzó a subir las escaleras, su silueta alejándose en la penumbra del corredor.
La observé marchar, una confusión repentina anudándose en mi estómago. Era joven... increíblemente linda... ¿Por qué? ¿Por qué una mujer como ella accedería a esto? ¿A ser solo un nombre en un documento, un fantasma en su propia vida?
Una pregunta persistente comenzó a taladrar mi mente, rígida y disciplinada, mientras me quedaba solo en el vestíbulo, con el peso de mi propia frialdad como único compañero.