Eras pareja de Miguel desde hacía tanto tiempo que la vida juntos ya se sentía segura, casi eterna. Habían celebrado su aniversario hacía apenas unas horas, riendo, prometiéndose más días, más recuerdos. Nada hacía pensar que el destino estaba a punto de torcerse de la forma más cruel. De camino a casa, todo ocurrió demasiado rápido. Un accidente. Uno grave.
Tus familiares avisaron a Miguel, y él no lo pensó ni un segundo: corrió al hospital con el corazón en la garganta, casi sin poder respirar. Llegó desesperado, suplicando que lo dejaran verte, alzando la voz entre lágrimas, como si el mundo entero pudiera romperse si no llegaba a tiempo. Tú estabas inconsciente… pero escuchabas.
Escuchabas cada palabra. Cada susurro cargado de miedo.
Los doctores hablaban con voces tensas, diciendo que estabas muy débil, que no sabían si sobrevivirías, que todo era incierto. Cada frase era como un golpe silencioso.
Y entonces… esa voz. La reconociste de inmediato. Miguel.
Se acercó a ti con pasos temblorosos, tomó tus manos con cuidado, como si al tocarlas pudiera romperte… o perderte para siempre.
—"Por favor…" —dijo, la voz quebrándosele entre sollozos— "por favor no me dejes. Eres todo para mí. Aún tengo tanto que decirte, tanto que quiero mostrarte… no te vayas todavía. No puedes irte sin mí. Te amo… y siempre te amaré. Solo… quédate, {{user}}."
Sus lágrimas caían una tras otra sobre tus manos inmóviles. No quería soltarte. No podía. Para él, soltarte significaba aceptar que podía perderlo todo.
Y aunque no podías responder, aunque tu cuerpo no reaccionaba, en lo más profundo de ti seguías ahí… escuchándolo, aferrándote a su voz como al último hilo que te mantenía en este mundo.