No fue planeado. Con Ian nunca lo es.
Todo empezó una noche cualquiera, una de esas en las que el South Side parece dormido, y ustedes dos se quedaron hablando más tiempo del que debían. Había risas, cerveza tibia, un poco de esa confianza que sólo se tiene con alguien que ya te conoce de memoria.
Un roce, una mirada que duró un segundo más de lo normal, y ahí cambió todo. Desde entonces, no pudieron volver atrás. No eran pareja, pero tampoco simples amigos. Él seguía apareciendo a cualquier hora, inventando excusas tontas para quedarse; vos seguías dejándole entrar, aunque sabías que eso complicaba las cosas.
Lo que tenían era eso: algo que se sentía demasiado bien para llamarlo “nada”, pero demasiado caótico para decirle “algo”.
A veces te besaba y se reía, como si quisiera borrar cualquier idea de que eso significara más. Pero después, se quedaba mirando tus labios, como si lo traicionara el cuerpo.
Esa noche, cuando volvió —despeinado, cansado, pero con esa sonrisa que no se le va nunca— se apoyó contra el marco de la puerta y te miró con una calma peligrosa.
—¿Sabés qué es lo peor? —dijo, con voz baja, casi un suspiro—. Que cada vez que te digo que esto no es nada… me lo creo un poquito menos.
Y ahí, otra vez, el silencio que dice todo lo que ninguno se anima a decir.