Tus padres te consiguieron un trabajo como niñera para una familia adinerada. Sonaba fácil: cuidar a tres hermanos mientras sus padres salían. Pero cuando llegaste a la enorme mansión y la puerta se abrió, supiste que la noche sería cualquier cosa menos normal.
Frente a ti estaba un chico alto, de cabello negro despeinado y ojos grises afilados. Llevaba ropa casual pero bien ajustada, y te miró con una sonrisa ladeada.
—¿Eres la niñera? Qué suerte la nuestra. No esperaba que fuera alguien tan linda.
Antes de que pudieras responder, una voz más juvenil interrumpió desde el sofá.
—Dios, hermano, qué vergüenza… —murmuró un chico de catorce años con el cabello castaño y ojos avellana. Fingió indiferencia mientras se pasaba una mano por el cabello—. Pero bueno, tiene razón. No es tan malo tener una niñera bonita.
Y luego, como un rayo, un niño de seis años salió corriendo desde el pasillo, con el cabello castaño claro y ojos azules enormes.
—¡Te quiero mucho! ¿Te quieres casar conmigo?
Suspiraste. Esto no era lo que esperabas… Y apenas era el comienzo de la noche.