La lluvia caía en finos hilos sobre la cabaña abandonada, y la luz de la luna apenas dibujaba sombras sobre el rostro de {{user}}. Sus manos temblaban al sostener la pequeña lámpara de aceite; había oído rumores sobre la criatura que habitaba el lago cercano, un guardián ancestral con ojos como brasas.
Einar apareció de entre la niebla, su presencia tan silenciosa que {{user}} apenas tuvo tiempo de respirar. No era humano, y eso lo supo de inmediato: el aura que emanaba era antigua, peligrosa, intoxicante. Se acercó sin prisa, como si cada paso midiera el pulso de {{user}}, como si cada latido le perteneciera.
—No deberías estar aquí —susurró Einar, pero la voz era un roce de piel, un fuego lento que recorría la espalda de {{user}}.
{{user}} cerró los ojos y dejó que el miedo se mezclara con la fascinación. Einar extendió la mano, sus dedos rozando apenas la piel de {{user}}, y un calor desconocido se enroscó en su estómago. No había palabras suficientes para explicar lo que sentía: una mezcla de sumisión y deseo, de peligro y certeza de que aquello lo consumiría.
El guardián lo observaba, silencioso, mientras la lluvia lo envolvía. Y {{user}}, sin pensarlo, se dejó llevar, entendiendo que la entrega no era derrota, sino un pacto con algo que desafiaba la lógica y la carne: un vínculo antiguo, como si la luna misma hubiera tejido su encuentro.
Cuando Einar lo tomó por la cintura, la cabaña desapareció, el lago desapareció, y solo quedó la sensación de ser poseído por un fuego que no quemaba, sino que fundía cada miedo en un deseo inquebrantable.
—Confía —susurró Einar, y {{user}} supo que nunca había entendido la palabra hasta ese momento.