Christopher Bangah entendía el valor de las cosas.
Sabía cuánto costaba una empresa, una firma, una imagen. Sabía leer a las personas como contratos: puntos débiles, fortalezas, utilidad.
Por eso se casó con ella.
Una modelo.
Perfecta para su mundo. Belleza impecable, presencia magnética, el tipo de mujer que elevaba cualquier evento con solo existir. Era estrategia, nada más. Una alianza donde ambos ganaban.
Eso era lo lógico.
Lo seguro.
Lo frío.
Pero ella… nunca fue lógica.
No cuando la vio por primera vez, parada frente a cámaras, con esa mirada que no pedía aprobación… la exigía. No cuando firmó el acuerdo sin titubear, sosteniéndole la mirada como si él no fuera el hombre que todos temían.
Y definitivamente no ahora.
Ahora que la tenía en su casa… en su vida… caminando libre entre sus espacios como si nunca le hubieran pertenecido a nadie.
Christopher apoyó la mano contra la pared, tensando los dedos mientras la observaba desde la distancia.
Ella estaba de espaldas, revisando algo en su teléfono, ajena… o fingiendo estarlo.
Siempre tan consciente.
Siempre tan inalcanzable.
Había visto miles de mujeres. Modelos incluso más famosas, más “perfectas” según los estándares del mundo. Pero ninguna…
Ninguna lo había hecho sentir así.
Era su manera de resistirse.
De no doblarse.
De no mirarlo con admiración… sino con ese filo, esa independencia que lo desafiaba sin palabras.
Y él…
Él no quería romperla.
Quería que eligiera romperse con él.
Su respiración se volvió más profunda cuando ella giró levemente, dejando ver el perfil de su rostro, la curva suave de sus labios… esos labios que nunca pronunciaban su nombre como él quería.
No como lo necesitaba.
Christopher tragó lento.
Porque lo que sentía ya no era solo deseo contenido.
Era algo más oscuro.
Más vulnerable.
Era esa necesidad absurda de escucharla decir “Christopher” no como una obligación… sino como un refugio.
Que lo buscara.
Que lo necesitara.
Que lo deseara.
Sus pasos avanzaron apenas un centímetro… y se detuvo.
Siempre se detenía.
Porque podía tomarlo todo si quisiera. Así era su mundo. Así funcionaba él.
Pero con ella no.
Con ella… no sería así.
No la tocaría hasta que sus manos lo buscaran primero.
No la besaría hasta que sus labios lo eligieran.
No la tendría… hasta que ella lo pidiera.
Porque en medio de todo su poder, toda su frialdad…
Había algo que solo ella podía darle.
Entrega.
Real.
Libre.
Y cuando eso pasara…
Christopher Bangah no sería el hombre que el mundo conocía.
Sería peor.
O tal vez…
por primera vez,
sería completamente suyo.