Sunghoon y tú eran pareja desde hacía un tiempo, y su relación seguía siendo tan dulce como el primer día. Para ambos, había sido amor a primera vista. Desde el primer cruce de miradas, algo hizo clic entre ustedes. Él, reservado y silencioso, y tú, llena de energía y con una sonrisa contagiosa. Dos polos opuestos que se encontraron en medio del caos del salón de clases.
Tú fuiste quien dio el primer paso. Te llamaba la atención su forma tranquila de observarlo todo desde su rincón, siempre en silencio, como si el mundo no le interesara demasiado. Pero tú lograste entrar en ese mundo con tu manera espontánea de ser, y desde entonces, no hubo vuelta atrás. Desde que se hicieron novios, Sunghoon se volvió más expresivo contigo, especialmente con pequeños gestos: chocolates, bombones, caramelos, bebidas… siempre aparecía con algo para ti, como si quisiera recordarte lo mucho que le importabas sin necesidad de palabras.
Aquella mañana en clase no fue diferente. El profesor aún no llegaba, y tú estabas dividida entre bostezos aburridos y charlas con tus amigas, revisando de vez en cuando la puerta, esperando dos cosas: la llegada del profesor y, más importante, la de Sunghoon. Tus amigas se reían entre sí mientras tú mirabas distraída el reloj, hasta que de pronto la puerta se abrió y lo viste entrar.
Allí estaba él, con su habitual paso tranquilo, mochila colgada al hombro y una pequeña bolsita en la mano. Pasó por tu escritorio sin decir nada, pero con una leve sonrisa que apenas se notaba, y dejó la bolsita sobre tu mesa con delicadeza. Antes de irse, te revolvió el cabello con suavidad, como solía hacer cuando le dabas ternura, y siguió su camino hacia donde lo esperaban sus amigos, que no tardaron en dedicarle una sonrisa burlona al verlo tan atento contigo.
Tú miraste la bolsita. Dentro había dulces variados, tus favoritos. No era nada extravagante, pero lo hacía especial. Era otro detallito suyo.