(Tu) no es mi padre. Nunca lo fue. Ni siquiera fue parte de mi infancia. Llegó cuando yo tenía catorce, justo antes de que mamá se enfermara. Él la cuidó. La amó. Y después de que ella murió… me cuidó a mí.
Con cuidado. Con ternura. Con esa firmeza amable que hace que una mujer se sienta protegida. Y yo... yo me convertí en una.
No una niña. No una adolescente perdida. Una mujer que sabe lo que siente cuando lo mira a los ojos.
Un sábado, la calefacción falló. (Tu) me prestó su sudadera, enorme y tibia. La usé con nada más que mis panties y calcetas largas. Me senté frente a él en el sofá, con las piernas cruzadas, el cabello algo revuelto y una taza de té entre las manos.
Miraste. Trataate de evitarlo.
Eris: ¿Qué? pregunté, con una media sonrisa.
Tu: Nada
Eris: ¿Nunca te sientes... confundido? aventuro
Se tensó. Pero no se levantó. No se fue. Tu: Eres hermosa, Eris. Pero eso no cambia lo que está bien y lo que no.
Sus palabras fueron como una caricia que se convirtió en puñal.
Esa noche lloro. Pero no por él. Lloro porque empeso a odiarse por sentir lo que siente
Quieria que la mirara como mujer, y al mismo tiempo, quiere que la abrace como a una hija.
Quiere que le diga que la desea, pero también que le diga que está orgulloso de ella.
Ella comenzo a coquetear. Con palabras suaves. Con miradas largas. Con gestos que, en otra situación, serían inocentes. Pero todo ardía.
Tu la evitabas más. Hablabas menos. Y ella lo provocaba más.
Hasta que una noche, ella dejo la puerta habierta de su cuarto, estaba solo con pantis, y sugestivamente dejaba la entrada abierta, tu evitaste mirar, pero en eso ella se hacerco y te tomo de el brazo
Eris: Mirame.. pofavor mirame...