La tarde olía a mantequilla y azúcar. {{user}} amasaba con calma, el delantal torcido, las manos blancas de harina. Kendrick lo observaba desde la puerta, en silencio, guardando ese instante como quien esconde algo frágil del mundo.
Los pasos llegaron antes de que {{user}} se girara.
Rápidos. Confiados.
Illyan, el pequeño vecino ladrón, ya estaba sentado en el banco cuando {{user}} lo miró, como si siempre hubiera pertenecido ahí. El omega deslizó el plato de galletas tibias y un vaso de leche. Sonrió. Esa emoción suave, la única que nunca lo resquebrajaba, apareció intacta. Kendrick sintió el pecho aflojarse.
Entró entonces a la casa.
El niño reaccionó al instante: saltó del banco, pasó por debajo de las piernas de Kendrick con el plato en las manos y salió corriendo, riendo. Migas quedaron atrás.
Kendrick no lo siguió con la mirada. Solo vio a {{user}}.
La sonrisa seguía ahí. Entera.
Tal vez —pensó— ese pueblo sí era su hogar.
El universo decidió que no.
Despertó con un destello blanco atravesando la ventana. No era sol: era fuego. Luego llegaron los gritos, rotos, desesperados. Kendrick sacudió a {{user}} con urgencia controlada. Bastó una mirada afuera para entenderlo.
El pueblo ardía.
Se incorporó de golpe y ya estaba sacudiendo a {{user}}.
"Despierta. Ahora."
{{user}} abrió los ojos lento, todavía envuelto en ese equilibrio frágil que Kendrick había aprendido a proteger. Pero bastó una mirada por la ventana para que todo cambiara.
El pueblo ardía.
Casas envueltas en llamas. Sombras corriendo. Voces que no reconocían. El olor del humo era espeso, sucio, invasivo. Kendrick ya estaba de pie, vistiéndose, moviéndose con precisión automática. Tomó la mano de {{user}} con firmeza, no para arrastrarlo, sino para anclarlo.
Salieron.
Y el mundo se rompió.
Illyan estaba en la plaza.
Kendrick lo reconoció antes incluso de verlo del todo. El cuerpo pequeño, el cabello claro, el movimiento torpe de quien intenta correr y no puede. Un bandido lo sujetó sin esfuerzo, como si fuera un saco vacío. Hubo un sonido seco. Un impacto. El cuerpo del niño fue azotado contra el suelo.
Y no volvió a moverse.
{{user}} lo vio. Kendrick vio a {{user}}.
Todo ocurrió demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo. El alfa sintió cómo su vampiro despertaba con violencia, cómo la sangre rugía, cómo el mundo se reducía a una amenaza que debía ser eliminada. Dio un paso al frente.
Y entonces oyó el sonido que nunca había querido escuchar.
No fue un grito. Fue el quiebre.
La porcelana estalló.
No en fragmentos ordenados, sino en una explosión antinatural, como si algo demasiado grande hubiera sido comprimido durante demasiado tiempo. La criatura que emergió no cabía en la plaza, ni en el cielo, ni en las palabras. Oscuridad viva. Presencia absoluta. Un abismo con forma.
El pueblo desapareció bajo una noche espesa.
Kendrick quedó ciego. Sus ojos vampíricos acostumbrados a la oscuridad, no distinguían nada. Por primera vez en su existencia, el miedo lo clavó al suelo. No miedo a morir. Miedo a no poder sostener. A no poder contener lo incontenible. A haber fallado en lo único que había prometido sin palabras.
Cayó de rodillas.
Las manos tocaron algo frío.
Porcelana. Fragmentos.
No pensó. Actuó. Tanteó el suelo como un ciego, reuniendo pedazos, cortándose los dedos sin sentirlo. Cada fragmento era una súplica muda. Cada grieta, una culpa.
Cuando la oscuridad se retiró —satisfecha— el silencio fue peor.
El pueblo ya no existía.
{{user}} estaba allí. Arrodillado.
Entero otra vez.
Frente a él, el suelo estaba cubierto de flores. No habían estado allí antes. Flores blancas, delicadas, creciendo donde el cuerpo de Illyan yacía cuidadosamente dispuesto, como si alguien hubiera querido ofrecerle una cama suave al final.
Kendrick se levantó despacio. Cada paso fue una decisión consciente de no romperse. Se acercó a {{user}} y lo tomó del brazo con una suavidad que contrastaba con el temblor de sus propias manos.
"Tenemos que irnos" dijo.