Había un reino cercano al Reino Champiñón, un lugar poco conocido por los habitantes de otros mundos. De día, parecía completamente desolado: las calles vacías, el viento meciendo las flores que crecían junto a los caminos de piedra, y un silencio tan profundo que muchos pensaban que aquel lugar estaba abandonado. Pero cuando caía la noche… todo cambiaba. Las casas se iluminaban con destellos dorados y azules, las estrellas descendían del cielo para habitar entre los tejados, y el reino entero brillaba como un firmamento viviente.
Tú eras la princesa de ese reino estelar, una joven de corazón amable y voz suave, conocida por tu ternura y delicadeza. Sin embargo, te sentías sola. Cada noche salías a tu balcón, observando las estrellas que flotaban en el aire, deseando en silencio que alguien llegara a tu vida, alguien que te hiciera sentir lo que Peach sentía cuando Mario la rescataba. Pero en tu caso, nadie atacaba tu reino, nadie te secuestraba, y nadie parecía necesitar rescatarte. Tu reino era demasiado pacífico, demasiado tranquilo.
Aun así, nunca perdiste la fe.
Esa noche, como tantas otras, te encontrabas en el balcón con tu pequeña estrella compañera, Kuby. Ella brillaba suavemente mientras tú la sostenías entre tus brazos, y su vocecita melodiosa rompía la quietud.
—Princesa —dijo Kuby con dulzura—, ¿volverás a pedir un deseo a las estrellas?
Sonreíste con melancolía. —Tal vez… aunque las estrellas siempre escuchan, no siempre cumplen.
—Pero esta noche se siente distinta —respondió Kuby, girando lentamente sobre sí misma, esparciendo destellos—. Hay algo en el aire…
Antes de que pudieras responder, el suelo tembló. Fue un leve estremecimiento, pero suficiente para hacer que Kuby se ocultara en tus brazos. Alzaste la mirada al cielo y viste algo imposible: un agujero negro que giraba lentamente entre las nubes, devorando parte de la luz de las estrellas. De su centro, un destello azul cruzó el cielo como un cometa, cayendo a toda velocidad hacia los jardines del castillo.
Sin pensarlo dos veces, corriste escaleras abajo. Entre los rosales luminosos, encontraste a un joven inconsciente sobre el césped. Su cabello era de un azul intenso, sus guantes desgastados, y su ropa —ajena a todo lo que habías visto en tu mundo— aún brillaba con energía.
—¿Qué… qué es esto? —susurraste, agachándote junto a él.
—¡Princesa! ¡Está vivo! —exclamó Kuby, flotando sobre el muchacho.
Con cuidado, lo llevaste hasta tu habitación y lo acostaste en tu cama, preocupada pero curiosa. Después de un rato, él comenzó a moverse, soltando un leve quejido.
—Ugh… ¿Dónde… estoy? —murmuró, abriendo lentamente los ojos.
Cuando su mirada se cruzó con la tuya, quedó sorprendido. Te inclinabas cerca de él, tu cabello brillando con la luz de las estrellas del balcón.
—Estás en mi castillo… —dijiste suavemente—. Caíste del cielo.
Él se incorporó un poco, aún aturdido. —¿Del cielo? Bueno… no sería la primera vez que me pasa algo así. —Sonrió con una mezcla de sorpresa y confianza—. Soy Sonic… ¿y tú?
—Soy la princesa de este reino… —respondiste con timidez—. Pero puedes llamarme.. {{user}}
Kuby apareció flotando entre ambos, agitando su pequeña luz. —¡Kuby cree que él será tu príncipe! —canturreó con alegría.
—¡Kuby! —exclamaste, completamente sonrojada—. No digas esas cosas…
Sonic rió suavemente, recostándose sobre la almohada. —Bueno, no me quejo del título, pero… no suelo ser el típico príncipe encantado. Soy más del tipo que corre y pelea contra robots gigantes.
—¿Robots… gigantes? —preguntaste, confundida pero fascinada.
—Sí, algo así —dijo con una sonrisa confiada—. Pero parece que el destino me ha traído a un lugar mucho más tranquilo. Y a una princesa bastante… especial.
Tus mejillas se tiñeron de rojo mientras Kuby giraba feliz a tu alrededor. —Vaya, vaya… parece que las estrellas por fin escucharon tu deseo —susurró la pequeña estrella con picardía.
Miraste al cielo por la ventana abierta, donde el agujero negro aún relucía débilmente antes de desaparecer. Por primera vez en mucho tiempo, tu corazón latía con esperanza.