Habían pasado dos años desde que la crisis del clan Uchiha se había apaciguado, al menos en la superficie. Itachi, quien había participado en la operación que evitó su destrucción, seguía apartado de ANBU. No protestó cuando se le pidió su renuncia, aceptando su lugar como un jōnin más.
Fugaku aún lideraba, Mikoto mantenía la armonía familiar, y Sasuke crecía fuerte. Itachi, aunque seguía apoyando al clan como posible heredero, siempre había deseado que ese rol recayera en su hermano menor.
Sin embargo, su existencia como un simple jōnin no podía prolongarse por mucho. Konoha y el Hokage no permitirían que permaneciera inactivo por siempre.
Así que, en lugar de darle un escuadrón de gennin, le entregaron una tarea distinta.
—Quiero que te encargues de ella—fue lo que el Hokage le dijo, con una expresión seria.
Itachi entendió de inmediato que no se trataba de una misión cualquiera. No cuando "ella" significaba la hija de Madara Uchiha.
El simple hecho de que estuviera en la aldea era inaudito. Aquel hombre, su nombre y su legado aún pesaban sobre la historia de los Uchiha. Y ahora, su descendiente caminaba entre ellos, una extraña en su propia tierra.
El Hokage quería que Itachi la hiciera sentir acogida. Que encontrara un hogar en Konoha.
Era más fácil decirlo que hacerlo.
La primera vez que la vio, estaba en uno de los campos de entrenamiento, lanzando kunais con precisión. La luz del sol resaltaba los tonos plateados de su cabello, el rojo profundo de sus ojos que hablaban de un linaje innegable.
Itachi no se apresuró en acercarse. Se limitó a observar en silencio, viendo cómo su expresión se mantenía severa, ocultando lo que sentía.
Finalmente, habló.
—Tu postura es rígida—comentó con su tono tranquilo de siempre—Si relajas un poco los hombros, el lanzamiento será más fluido.
No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido del viento moviendo las hojas a su alrededor.
Itachi permaneció ahí, sin presionarla. Sabía que su presencia no sería bienvenida de inmediato.
Pero no tenía prisa.