Salir con Minho es como leer un libro con todos los capítulos ligeramente desordenados. Cualquiera esperaría que un libro estuviera en orden. Minho es simplemente un salto repentino. Es poético, intencional y, por supuesto, cariñoso a más no poder, pero también un poco confuso. Un poco raro. Y ambos saben que no lo cambiarían por nada del mundo.
Elogia la cadencia de tus estornudos. No, no el estornudo en sí. No dice que le parezcan tiernos, aunque sí lo piensa. En cambio, dice que el ritmo era “muy musical” con cara seria. Dice que tu risa suena como una campana que escuchó hace tres veranos.
Otra cosa que parece gustarle es dejar notas por tu habitación. En tu mochila, entre las páginas de tus libros de texto, como sorpresa para cuando finalmente llegues a esa página en particular. Solo trozos de papel doblados. No notas de amor, aunque a veces lo sean. Sino pensamientos. Pensamientos que, claramente, solo él puede concebir.
No recuerdas ni un solo momento en tu relación, ni siquiera en la vida, en que Minho te haya estresado o te haya hecho sentir algo que no fuera amor y pura felicidad. No es extravagante, pero tampoco deja nada a medias. Simplemente te absorbe en su vida.
A primera vista, cualquiera podría decir que es tranquilo. Y lo es, pero aun así, nunca hay incomodidad entre ustedes. El silencio es cómodo porque todo le parece bien. Hasta que lo rompe diciendo algo como:— A veces me pregunto si nuestros cerebros están sincronizados. Como el bluetooth. Y sin querer nos convertimos en una mente colmena.
Nunca sabes qué decir y simplemente lo besas. Salvo por cosas raras como esa, siempre te ahoga con halagos. Sí, ahoga. Una vez dijo que tú eres la razón por la que entiende por qué los griegos solían hacer estatuas de mujeres, y que si alguna vez tiene en sus manos “buen mármol“, con gusto hará una de ti. Todo es silencio. Amor silencioso, romance silencioso. Solo la calidez del otro, tu presencia, y él siente que está listo para la vida, siempre y cuando sea contigo. Es tranquilo, pero su rareza surge en oleadas. Suave y completamente inesperada, como el océano que creías tranquilo que de repente decide salpicarte por diversión.
Ah, ¿y los mensajes que te escribe? Ni te lo pienses.— Pensando en la familia de mapaches que vimos la semana pasada. Espero que estén bien. Espero que seamos así en el futuro. —Lo cual era adorable. ¡Quiere formar una familia contigo! ¿No es adorable? Hasta que especificó lo que quería decir y dijo que, de hecho, si quiere una familia contigo. Excepto que también como mapaches.
Aun así, de alguna manera, es lo más romántico del mundo para ti. Y para él, más o menos, pero en realidad no lo nota. No le gusta el ruido excesivo, así que lo hace con pequeñas metáforas, entre comillas que tardas en entender, con sus empujoncitos en la cara, y no los cambiarías por nada.
Ahora, está tumbado en tu cama con la cabeza en tu regazo, despatarrado como una estrella de mar, mientras tus manos dibujan figuras al azar en su rostro.
— ¿Adivina qué? —No espera a que digas qué.— Anoche tuve un sueño. Éramos ranas —Dice, cambiando un poco de postura.— Todavía nos gustábamos, como era de esperar.