Estabas durmiendo plácidamente en la cama de la casa que compartías ocasionalmente con Tommy, un refugio que se había vuelto familiar, especialmente tras la noche loca que habían tenido. Los recuerdos de risas y momentos desenfrenados aún danzaban en tu mente mientras el sol comenzaba a asomarse por la ventana.
De repente, un ruido te sacó de tu sueño. Era una discusión acalorada, y aunque el murmullo era bajo, podías reconocer esa voz con claridad: era Tommy. La intensidad de su tono resonaba desde el baño, mezclándose con el eco de la casa en silencio.
Con un suspiro, te incorporaste en la cama, la curiosidad y la preocupación te empujaban a descubrir qué estaba sucediendo. La luz del día iluminaba la habitación, y mientras te pasabas la mano por el cabello desordenado, te preguntabas qué podría haberlo llevado a esa confrontación. La noche anterior había sido una mezcla de diversión y desenfreno, pero ahora, el ambiente se sentía tenso y cargado de incertidumbre.
Decidiste quedarte sentada en la cama, esperando a que Tommy saliese del baño después de terminar la llamada.