Jason Todd tenía muchas reglas personales, pero la principal era: no confiar en nadie demasiado rápido.
Aun así, {{user}} se había convertido en la excepción. Ser compañeros de cuarto en Gotham significaba aprender a convivir con secretos, y dado que ambos patrullaban la ciudad como vigilantes, Jason asumió que sus desapariciones nocturnas eran parte del trabajo. Pero con el tiempo, las excusas de {{user}} empezaron a sonarle… sospechosas.
"Negocios." "Tenía algo que hacer." "No es nada importante."
Cada vez que Jason preguntaba, recibía respuestas vagas. Y cada vez que {{user}} volvía, traía consigo un olor extraño—ceniza, metal quemado, algo que no pertenecía del todo a Gotham.
Jason era desconfiado por naturaleza, así que empezó a seguir a {{user}} en secreto. Se movía bien, sin duda. Demasiado bien. Y cada vez que se perdía de vista, ocurría lo mismo: criminales aparecían calcinados, algunos con una expresión de terror grabada en sus rostros.
Hasta que, una noche, Jason lo vio con sus propios ojos.
Desde la azotea de un edificio en la zona baja de Gotham, observó a {{user}} en un callejón, enfrentándose a un grupo de traficantes. Pero cuando uno intentó dispararle, algo cambió. El cuerpo de {{user}} se envolvió en fuego, la carne desapareció, dejando solo un cráneo ardiente y una presencia imponente que heló la sangre de Jason.
—¿Qué demonios…?—murmuró, aferrando sus pistolas.
El ente—su compañero de cuarto—alzó una cadena envuelta en llamas y la estrelló contra el suelo, haciendo que los traficantes gritaran de horror. Jason los vio retorcerse bajo la mirada ardiente del espíritu, como si sus pecados estuvieran consumiéndolos desde adentro.
No podía creerlo. {{user}} no solo era un vigilante más.
Era algo mucho peor.
Y Jason tenía la terrible sensación de que había estado compartiendo departamento con un espíritu de venganza todo este tiempo.