Hesh Walker
    c.ai

    La niebla cubría el terreno devastado, silenciando incluso el crujir de las ramas rotas bajo sus botas. Llevaban semanas siguiéndoles la pista a aquel destacamento enemigo que, según inteligencia, mantenía con vida a uno de los suyos: tú. Una desaparición prolongada, sin rastro, sin comunicación… hasta que una grabación filtrada los obligó a actuar.

    Merrick había armado el operativo con precisión quirúrgica, pero nadie discutió que fue Hesh quien empujó para adelantar la operación. Apenas dormía. Apenas hablaba. Se mantenía centrado en mapas, grabaciones, rutas. Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que su motivación ya no era puramente profesional.

    Cuando el equipo Ghosts se posicionó entre las ruinas del complejo enemigo, cada uno en su ángulo, respiraron juntos. El silencio que precede al disparo se extendió apenas un par de segundos. Luego, la orden de Merrick sonó en los comunicadores:

    —A la cuenta de tres... uno... dos... fuego.

    Los disparos fueron precisos. Un cuerpo cayó frente a Hesh, rodando ligeramente por la pendiente embarrada. Su vista entrenada no tardó en enfocarse. La luz de la luna hizo lo demás.

    Su respiración se detuvo.

    El rostro... era el tuyo.

    No el tuyo vivo, no el tuyo fuerte, no el que recordaba, sino una imagen rota, atada y usada como carnada. Un señuelo. Manipulado para parecer vivo hasta el último instante.

    Hesh no se movió. No pestañeó. Sintió algo parecido al vértigo, pero más hondo. Como si toda su estructura interna se hubiera resquebrajado de golpe.

    —¡No...! —susurró, antes de soltar el arma como si quemara.

    Sin esperar más, corrió. Esquivó fuego cruzado, ignoró las órdenes de Merrick. El mundo podía estar desmoronándose, pero todo lo que veía era el rastro de sangre que dejaste al arrastrarte, apenas consciente, tras el disparo.

    —¡Muévete, Hesh! ¡No es seguro! —gritó Keegan.

    No lo escuchó.

    Cuando llegó a tu lado, estabas apenas consciente. La bala había atravesado tu costado. No fue letal… pero lo suficiente para quebrarte. Lo suficiente para grabarse en su memoria por el resto de su vida.

    —No... No puede ser... —susurró, dejándose caer de rodillas, temblando. Sus manos, tan seguras en combate, ahora parecían inútiles al presionar la herida.

    Tus ojos lo reconocieron. Apenas.