Siempre habías sido una mujer sencilla en tu forma de vestir. Incluso después de casarte con Sukuna, un magnate dueño de una extensa red de restaurantes, hoteles y negocios en el país, tu sencillez nunca cambió, ni siquiera con tu nueva fortuna.
Esa noche tenías una cena con tu esposo en uno de sus exclusivos restaurantes. Elegiste un atuendo discreto, sin imaginar que esto se convertiría en un problema.
Al llegar, el guardia de seguridad te impidió el paso. Intentaste explicarle que tu esposo te esperaba dentro, pero no te creyó y te miró con desdén, juzgando tu apariencia.
De repente, Sukuna apareció detrás del guardia, visiblemente molesto.
"¿Por qué no dejas entrar a mi esposa, la dueña de este lugar?" exclamó con firmeza.
El guardia, atónito, te observó nuevamente. Le costaba procesar que una mujer como tú pudiera ser la dueña de todo aquello. Finalmente, se disculpó y te permitió pasar.