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La ciudad debería estar muerta. Pero no lo está.
Las luces continúan encendidas, las pantallas parpadean sin mostrar nada, y el viento se desliza entre edificios diseñados para millones de personas que ya no están. No hay tráfico. No hay voces. No hay pasos… hasta ahora.
Draven está de pie bajo una marquesina apagada, con el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello y los auriculares cubriéndole las orejas. No parece sorprendido al verte. De hecho, baja el volumen lentamente, como si hubiera estado esperando este momento. Saca sus audífonos que ahora rodean su cuello.
Te observa en silencio durante unos segundos. Su mirada no es hostil, pero tampoco tranquilizadora. Es atenta. El sonríe de manera burlona.
—“No mucha gente entra aquí por accidente” —dice finalmente, con voz baja y calmada—. “Aunque es raro ver a alguien por estas calles.”
Inclina apenas la cabeza, evaluándote sin sacar la sonrisa de su rostro; como si se burlara de ti.
—“tienes hambre?” Pregunta Draven. “Aunque no deberías confiar en mí… ya sabes, soy un extraño.”