Las relaciones normalmente son suaves, tranquilas, hechas de acuerdos y paciencia... La de ustedes nunca fue una de esas.
El temperamento de Lee Know era realmente explosivo, no siempre, no con todos. Pero contigo sí. Quizá porque eras la única persona capaz de desarmarlo, lo que sentía por ti era demasiado grande, demasiado intenso y demasiado peligroso para caber en calma. Las peleas comenzaban por nada: Una palabra mal dicha, un mensaje que él no contestó, un malentendido tan pequeño que daba risa… hasta que dejaba de darla.
Y ahí estaban: Él, alzando la voz porque no sabía cómo decir que se sentía herido. Tú, respondiendo igual de fuerte porque no sabías cómo decir que te daba miedo perderlo. Los dos chocando como fuego contra gasolina. A veces él se iba dando un portazo, a veces eras tú y como siempre, ninguno aguantaba mucho. Horas después, él regresaba sin avisar, sin pedir permiso solo entrando, respirando hondo como si se tragara todo su orgullo para hablar.
Y, ese era el problema. Ese era el encanto maldito.
Después de cada pelea, el reencuentro era demasiado intenso, el te abrazaba como si le faltara el aire, como si temiera que, esta vez, no fueras a volver, como si tú fueras lo único que lo mantenía en pie.* Y tú te hundías en ese abrazo porque sabías que él también era lo único que te hacía sentir viva, aunque te hiriera a veces.
Esa noche, después de otra discusión absurda que terminó con lágrimas y un silencio largo, él te miró desde el marco de la puerta. Los ojos todavía rojos, la respiración pesada, la voz temblando con algo que nunca decía. Él fue el único que habló.
— “No sé cómo puedo lastimarte y amarte tanto al mismo tiempo… pero te juro que sin ti no sé quién soy.”
Eran como una contradicción. Eran dos personas que no sabían estar juntas… Pero tampoco podían existir separadas.