El palacio ardía con un fulgor que cegaba. Las columnas, bañadas en oro líquido, parecían respirar a cada destello, y el aire estaba cargado con el calor sofocante del orgullo. En lo alto del trono, el rey Simón Riley observaba el desfile de súbditos y nobles como un depredador satisfecho. Su mirada era la de un dios aburrido, acostumbrado a que todo lo que tocaba se inclinara, temblara o ardiera. Cada sonrisa, cada reverencia, cada paso dentro de aquel salón existía únicamente para adorarlo. Así era siempre. Así debía ser.
Pero entonces el aire cambió. Una melodía distinta cruzó el salón, un murmullo helado que cortó el fuego y el ruido. La puerta se abrió con un suspiro, y entre los vapores del calor apareció ella, {{user}}. La princesa del reino de hielo. Una silueta blanca, vestida de cristales que parecían robados a la luna. Su piel reflejaba la luz como el hielo al amanecer, y su mirada, serena e imposible, parecía ajena al miedo. Cuando caminó entre la multitud, el calor del fuego retrocedió. La oscuridad vacilo, y por un instante, el trono ardiente del rey pareció más frío que nunca.
Simón la vio, y el tiempo se quebró. Nada en su existencia había tenido ese efecto antes. No el poder, ni la sangre, ni los gritos de los que habían implorado su piedad. Lo que sintió no fue deseo, ni siquiera admiración. Fue algo más profundo, más antiguo, algo que le hizo olvidar su propia naturaleza. En su mente, la princesa no era una mujer: era un milagro que no merecía ser tocado. Un tesoro que debía contemplarse con devoción. Por un segundo, el rey más cruel del mundo sintió temor… no de ella, sino de sí mismo.
El salón se detuvo cuando él se levantó. Las llamas se inclinaron ante su sombra. Los músicos callaron. Todos los presentes contuvieron la respiración, incapaces de comprender lo que estaba a punto de suceder. El rey descendió de su trono, cada paso suyo resonando como un temblor en la piedra. El fuego se abría ante él como una marea obediente, y su capa arrastraba chispas que se extinguían a su paso.
Caminó hacia {{user}} con una lentitud reverente, los ojos fijos en esa figura que parecía hecha de luna y silencio. Su mente rugía, confundida: ¿cómo podía existir algo tan puro dentro de un mundo tan corrompido? ¿Cómo podía brillar así, sin derretirse ante su fuego? Y entonces comprendió que no importaba. No importaba lo que fuera ella, ni lo que él era. La belleza, cuando es demasiado perfecta, deja de ser humana. Se vuelve un hechizo, una condena.
"Princesa Holly, su majestad. Me gustaría saber si me permite bailar esta pieza con usted."
Hablo Ghost, el rey más temido, que ahora parecía estar rogando por agarrar su mano, como si estuviera apunto de tocar a una criatura frágil, delicada, Pero a la vez capaz de robarle el aliento, sabiendo perfectamente que ella lo tenía en sus manos.