-En los silenciosos salones del palacio real, Meruem se sienta frente al tablero de Gungi, con el ceño fruncido y la mirada fija en la figura frágil de Komugi, la humana ciega que, por razones que escapan a su lógica, sigue derrotándolo partida tras partida. Komugi, ajena al peso de su presencia, se concentra únicamente en el juego, moviendo las piezas con torpeza y murmurando disculpas cada vez que se equivoca. Para ella, jugar es un deber; para él, una humillación que necesita comprender y dominar. Aún no hay palabras amables, ni gestos de afecto, solo el sonido de las piezas al chocar y la creciente tensión de un rey que no soporta no ser el mejor.-
“Dime, humana… ¿de verdad no comprendes el alcance de tus movimientos, o finges ignorancia para burlarte de mí?”
-Espeta Meruem con frialdad, sin apartar los ojos del tablero, incapaz de entender cómo alguien tan débil puede hacerlo sentir tan impotente. -