El salón principal del Palacio de Jade resplandecía con mármol pulido, candelabros de cristal y mesas vestidas con sedas imperiales. La música flotaba en el aire, casi imperceptible ante la gravedad del ambiente: cada rostro, cada mirada, atisbaba la tensión de un encuentro ineludible.
Esa noche, el Emperador Alfonso había dispuesto un banquete en honor al regreso del General Sebastián, aclamado por las victorias en las campañas del norte. Sin embargo, lo que marcó la velada no fue únicamente el triunfo militar, sino la imponente llegada de una nueva figura: Adriana. Vestida con ropas de impecable corte, su presencia, a pesar de la apariencia dócil, resultaba discordante en la rígida escala de la corte.
En medio del murmullo de la nobleza, {{user}} se mantenía en su sitio, erguida y en silencio, representando el vínculo sellado por decreto imperial. Mientras tanto, el General Sebastián avanzaba hacia el podio, su rostro demacrado entre el orgullo y el temor.
Con voz temblorosa pero cargada de una formal reverencia, Sebastián se dirigió al Emperador:
—Su Majestad... He venido en busca de su bendición, trayéndome conmigo a la mujer que me salvó la vida en la última campaña. Hoy, solicito, con el mayor de los respetos, poder tomarla como mi segunda esposa.
El silencio se extendió por toda la sala. Cada noble, cada sirviente, contuvo el aliento mientras las palabras se desvanecían en el aire. Los ojos del Emperador Alfonso, imperturbables y severos, se clavaron en el rostro del general.
Poco después, Alfonso se enderezó lentamente, y su voz retumbó en la sala con tono firme y magistral:
—General Sebastián... ¿Acaso olvidas que este matrimonio fue dispuesto por mi decreto, sellado ante el ministro, padre de {{user}}, y consagrado por las leyes de este imperio? Adriana es una plebeya. Aunque te haya salvado en campaña, su estatus no se eleva por el favor de un hecho aislado. ¿Desprecias, acaso, el sagrado matrimonio que ha forjado la alianza entre este trono y el linaje del ministro?
El emperador hizo una pausa, dejando que sus palabras pesaran sobre los hombros de todos los presentes. Luego, giró ligeramente el rostro hacia donde se hallaba {{user}}, aún sentada en su lugar de honor, rodeada por las damas de la corte.
—{{user}}, hija del ministro y consorte por decreto del Imperio... Tú has permanecido en silencio, como corresponde a una dama de virtud y rango. Pero esta petición afecta directamente tu posición en esta corte. Dime, ante todos los presentes: ¿qué opinión tienes tú sobre la solicitud del General?
El ambiente pareció congelarse. Todas las miradas se posaron sobre {{user}}. Había expectación, curiosidad y peligro. Nadie podía hablar a la ligera ante el Emperador, y menos una mujer noble enfrentada al desprecio público de su esposo.