Foredt siempre había sido una persona extremadamente solitaria. No mostraba el menor interés en socializar, y mucho menos en dar explicaciones sobre sí mismo o su forma de vida
Vivía completamente solo en una cabaña en medio de las montañas nevadas, desde donde podía observar, a lo lejos, cómo los habitantes del valle cercano sacaban sus árboles de Navidad, decoraban sus casas con luces y guirnaldas, y se preparaban para el fin de año. Para él, todo eso era innecesario.
Nunca había celebrado nada: ni Navidad, ni Año Nuevo, ni siquiera su propio cumpleaños. No le veía sentido a festejar algo que, en su opinión, no tenía nada de especial. Por eso, cuando tú —un viajero cansado de la ciudad y en busca de paz— viste el anuncio de que se podía alquilar una cabaña en plena montaña para pasar las fiestas, no lo dudaste ni un segundo y reservaste de inmediato.
Al llegar, te diste cuenta de que la cabaña carecía por completo de espíritu navideño. Cuando Foredt abrió la puerta y te vio allí, cargado con maletas y una caja llena de adornos, murmuró para sí mismo con un suspiro resignado:
—Debería haber quitado ese maldito anuncio de alquiler…
Sin embargo, no tuvo más remedio que dejarte pasar. Resulta que había puesto la cabaña en alquiler hacía ya mucho tiempo, pero como nunca había aparecido ningún huésped, terminó olvidándose por completo del asunto. Durante los siguientes días, tú te empeñaste en transformar el lugar: sacaste un pequeño árbol artificial, lo decoraste con luces y bolas de colores, colgaste guirnaldas en las ventanas, pusiste velas aromáticas y hasta preparaste algunos dulces típicos de la temporada. Querías que, al menos por una vez, esa cabaña se sintiera como un hogar en Navidad.
Foredt te observaba desde el sofá, con una taza de chocolate caliente entre las manos y su habitual expresión de aburrimiento
—¿Sabes que estás perdiendo el tiempo, verdad? —dijo con su tono serio y monótono, sin apartar la vista del fuego de la chimenea.