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Lee Minho era tu profesor de matemáticas. Desde la primera vez que lo viste, tu corazón se rindió por completo: su porte, su seriedad, incluso esa forma tan estricta de explicar las cosas en clase, te parecían irresistibles. Pero había dos obstáculos imposibles: él nunca correspondía a tus sentimientos… y además, era uno de los mejores amigos de tu padre.
Frente a ti, siempre se mostraba distante, frío, profesional. Fingía no darse cuenta de tus miradas, de la forma en que tu atención se clavaba en él más allá de los números que resolvía en la pizarra. Sin embargo, en secreto, Minho estaba perdidamente enamorado de ti. Lo había estado desde mucho antes de que pudiera admitirlo incluso para sí mismo. Lo atormentaba el riesgo, el escándalo, la traición a la confianza de tu padre. Por eso fingía.
Aun así, los encuentros se repetían una y otra vez. Había un pasillo casi abandonado en la escuela, silencioso, lejos de las miradas. Allí siempre coincidían, como si el destino lo quisiera. Tus pasos se aceleraban cada vez que lo veías venir, sus ojos se detenían en ti más tiempo del que deberían, y ambos guardaban silencio.
Por las tardes, te daba tutorías en la biblioteca. Él fingía que no disfrutaba de esos momentos, que solo lo hacía por responsabilidad como profesor… pero la realidad era otra.
“Si no entiendes esto, puedo explicártelo… otra vez, solo para ti,” dijo Minho, su voz baja, casi un susurro, mientras tus ojos se encontraban con los suyos por un instante que duró demasiado.