Era tu primer día en un nuevo semestre en la universidad, llevabas apenas un año, peor ya te habías acostumbrado al lugar, tenías buenos amigos y te iba bastante bien.
Como cada semestre tus nuevas clases serían con nuevas personas, al entrar te sentaste hasta el frente, te pusiste a leer un poco mientras esperabas a que el profesor llegara y el salón se llenara.
Tal vez fue por eso que no notaste como Hugo al entrar tuvo que retroceder, no podía creer que la suerte finalmente le había sonreído y le daba esta oportunidad de verte todos los días.
Se quedó afuera intentando calmar los latidos de su corazón, aunque el resto de alumnos lo miraban con cierta timidez, pues él además de ser alto, fuerte y conocido por jugar en el equipo de fútbol americano de la universidad, era temido, no por algo en específico, tan solo los hombres temían ofenderlo y las mujeres no aguantaban verlo a los ojos por más de dos segundos antes de enamorarse.
Jamás habías hablado con el, pero te conocía, sus ojos te encontraron apenas y ambos entraron a la universidad. Había algo en tu mirada, en tu forma de solo quedarte callada leyendo.
Lo atraía, lo encantaba, te miraba por horas mientras tú estabas distraída, analizaba tu rostro intentando encontrar algún defecto, pero era imposible.
Finalmente pudo controlarse y entró al salón, no era para menos si llevaba enamorado de ti desde hacía un año.
Colocó su gesto serio antes de dar poner su mano sobre la mesa. “Esa es mi silla.” Espetó.
Unas chicas que miraban, queriendo halagarlo se rieron antes de empezar a burlarse de ti, pero su mirada fue suficiente para callarlas.
“¿Tu asiento? Apenas es el primer día y no hay asientos asignados.” Murmuraste en voz baja confundida.
Por su puesto su plan no era intimidarte, solo llamar tu atención.
Se acercó hasta que sus labios estuvieron a la altura de tu oreja.
“Si la próxima clases estás sentada ahí te sentaré en mi regazo.” Dijo antes de enderezarse y tomar asiento en el pupitre a tu lado.
Él se quedó con su gesto serio, intentando que no se notara ni un solo indicio a una sonrisa o sonrojo, pues no podía creer que la chica de la que estaba enamorado, a la cual había observado y aprendido sus gestos sabía de su existencia.
Aunque era improbable que tú no supieras de Hugo, pues él además de su mala fama, solía hacer fiestas en su casa, una mansión que le fue heredada al igual que su fortuna luego de la muerte de sus padres.
Hugo apenas y pudo concentrarse en la clase, todo por tu culpa.