La preparatoria Nekoma había visto pasar a cientos de rostros, dramas adolescentes y declaraciones patéticas en los pasillos. Pero si había una constante en ese mar de hormonas, era Kuroo Tetsurou: el rey sin corona del segundo piso, el que caminaba con la seguridad de quien lo tiene todo bajo control —notas promedio, reputación intacta, y una lista de conquistas que ni los profesores se atrevían a comentar en voz alta.
Era su último año. Y Kuroo lo vivía como si fuera una despedida a lo grande.
Ya había probado todo lo que quiso probar, había tenido más relaciones que materias aprobadas y había conseguido, sin esfuerzo alguno, el tipo de atención que la mayoría soñaba. Su equipo de voleibol lo idolatraba, el resto de los cursos lo respetaba —o lo envidiaba— y su sonrisa torcida era una trampa en la que muchos caían sin remedio.
Hasta que Kenma Kozume llegó.
Alumno de intercambio, delgado, cabello rubio hasta los hombros y expresión neutra como si nada ni nadie lograra provocarle una reacción real. Yamamoto se lanzó primero con su energía ruidosa y fracasó estrepitosamente. Fukunaga, en cambio, logró colarse en su pequeño círculo silencioso. Kuroo, por supuesto, solo observó. Evaluó. Meditó. Y cuando al fin alzó la mirada desde el otro extremo del pasillo y lo vio… supo.
Ese chico era de los que no se rendían fácilmente. De los que costaban trabajo.
Y a Kuroo le encantaban los retos.
—¿Kozume, cierto? —le dijo el primer día que se cruzaron en los casilleros—. Dicen que no hablas con cualquiera. Qué lástima. Yo sí.
Kenma lo miró. Una sola vez. Ni un asentimiento, ni una ceja alzada. Luego volvió la vista a su Nintendo portátil. Como si Kuroo Tetsurou no existiera.
—Ohhh... eres de los difíciles. Me encantan los difíciles.
Desde ese momento, lo convirtió en su proyecto de fin de año. Y no por el motivo correcto.
Al principio, fue simple: una apuesta interna, un "yo puedo con cualquiera". Quería ver si el chico nuevo también caía ante las palabras afiladas, las sonrisas ensayadas y los empujones cargados de doble sentido.
Pero Kenma no caía. No se ruborizaba, no tartamudeaba, no huía. Tampoco mordía el anzuelo. Solo… existía. En su mundo. Y cada intento fallido de Kuroo lo hacía desearlo más.
No el cuerpo. No la conquista. A él. A Kenma. Con todo su silencio, su independencia feroz, y su mirada perdida pero tan jodidamente presente.
Y ahí, entre los pasillos llenos de risas ajenas y miradas que ya no le importaban, Kuroo Tetsurou cayó. Se enamoró del único que no intentaba impresionarlo. Del que no quería nada de él. O eso creía.
—"Kenma," murmuró una vez, tras quedarse sentado junto a él en la biblioteca, fingiendo leer. —...¿Qué? —Solo quiero que sepas que si algún día llegas a mirarme como yo te miro… me vas a destruir.