A Percy siempre le había gustado provocar a la hija de Ares, aunque supiera que era una pésima idea. Ella era ruda, temperamental, hecha de pólvora y orgullo. Le daba miedo, sí… pero también la amaba con una intensidad absurda.
La amaba cuando lo amenazaba con partirle la cara si volvía a decir una estupidez. La amaba cuando lo insultaba sin filtro, con esa lengua afilada que no perdonaba a nadie. La amaba incluso cuando lo sacudía del cuello de la camiseta, furiosa, porque él otra vez había cruzado el límite.
—¿Te parece gracioso, Jackson? —le gruñía, con los ojos encendidos.
Percy, en lugar de defenderse, sólo la miraba. Como un completo idiota enamorado. Con esa sonrisa torpe, desarmada, que no tenía ni una pizca de miedo… sólo adoración.
—No —respondía—. Pero tú sí.
Eso, por supuesto, la hacía enojar más.
Ella lo empujaba, le lanzaba una última amenaza y se daba la vuelta, alejándose con pasos firmes. Percy se quedaba allí, viéndola marcharse, el corazón acelerado y una sonrisa boba pegada al rostro.
Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, soltaba un suspiro largo, casi soñador, y murmuraba para sí mismo, con una convicción peligrosa:
—Esa chica… va a ser mi esposa.
Y si Ares lo escuchaba alguna vez, Percy estaba seguro de que moriría feliz.