El calor en la Fortaleza Roja se volvía insoportable cuando el alfa estaba cerca. No por el fuego… sino por la tensión. Maegor Targaryen no hablaba, gruñía. No pedía, exigía. No cortejaba, tomaba.
Y tú, su omega designada por los septones para “apaciguar la sangre del rey”, eras poco más que una ofrenda entre cadenas de oro.
"¿Sabes por qué estás aquí?" preguntó Maegor, su voz tan baja que parecía rugido. Estaba de pie frente a ti, vestido con su armadura negra, la capa roja ondeando detrás como alas. No necesitaba alzar la voz. Su sola presencia aplastaba.
No respondiste. Te dolía el orgullo, pero más te dolía el lazo que sentías jalando desde tus entrañas cada vez que él estaba cerca. El vínculo. El maldito vínculo que ardía como un hierro al rojo.
Maegor caminó hasta ti. Sus botas resonaban en el mármol como golpes de martillo. Cuando alzó tu mentón con dos dedos, te obligó a mirarlo a los ojos —ojos violeta, fríos como el acero valyrio.
"Los septones creen que domarte calmará mi sed de guerra" murmuró "Pobres idiotas… no entienden que un dragón no se domestica."
Se inclinó, su aliento rozando tu cuello, donde la glándula omega latía como un tambor. No te había marcado aún… pero su intención ya pesaba sobre tu piel como una sentencia.