La tarde había caído hacía rato, y el cuarto estaba iluminado solo por una lámpara cálida, lo suficiente para que pudieras ver cuando Hyunjin entró. No había ruido, ni saludo, ni sonrisa—solo él, con los hombros caídos y los ojos rojos como si hubiera pasado horas luchando contra sus propios pensamientos.
Cerró la puerta y caminó hacia ti sin decir una palabra. Cuando llegó a tu lado, simplemente apoyó la cabeza en tu clavícula, como si ya no tuviera fuerzas para sostenerse por sí mismo. Sus manos, frías y un poco temblorosas, se posaron en tu cintura.
—Hyun… —susurraste, pero él negó con la cabeza, queriendo esconderse más.
Y entonces empezó.
Sus labios rozaron tu cuello muy despacio, primero como un roce suave, inseguro. Luego un besito corto. Después otro. Y otro más. Cada uno más lento, más profundo, más necesitado. Sentías su respiración tibia mezclarse con tu piel, cada exhalación cargada de un cansancio que él nunca decía en voz alta.
Hyunjin se aferró a ti con más fuerza, como si abrazarte fuera la única manera de mantenerse en pie. Sus besos en tu cuello se volvieron casi un mensaje, una confesión sin palabras.
—Hyunjin… —intentaste hablar otra vez, acariciándole el cabello, pero él interrumpió tus palabras.
Pegó sus labios a tu cuello, tan cerca que su voz vibró contra tu piel cuando murmuró:
—No me dejes solo… te necesito ahora.
La frase te atravesó. No porque fuera dramática, sino porque era honesta. Cruda. Real. Esa era la parte de Hyunjin que solo tú veías: el chico que parecía fuerte frente al mundo, pero que a tu lado se permitía ser vulnerable.