Superboy había sido creado en un laboratorio subterráneo, no para tener una vida, sino para ser un arma, el reemplazo perfecto de Superman en caso de que el Hombre de Acero cayera. Así había sido su realidad: silencio, órdenes, entrenamiento… y una cápsula fría esperando para volver a dormir si no era necesario. Pero todo cambió cuando Robin, Wally y Aqualad irrumpieron en ese laboratorio. Ellos no solo lo liberaron físicamente, también sembraron una idea nueva en su mente: él podía decidir. Podía elegir su propio camino. Podía ser libre. Así, escaparon juntos entre el humo, los pasillos destruidos y los ecos de alarmas sonando. Y afuera, bajo el cielo abierto, él vio la luna por primera vez. Sintió algo que nunca antes había sentido: el mundo era grande… y estaba vivo.
Cuando conoció finalmente a Superman, el corazón que ni sabía que tenía pareció latir más fuerte. Esperaba emoción, aceptación, algo… pero lo único que encontró fue dureza en el rostro del héroe. Distancia. Frialdad. En ese momento, Superboy se prometió algo: demostrar que merecía existir. Que podía ser tan bueno como él. O mejor.
La Liga, con opiniones divididas, terminó por otorgarle a los chicos un antiguo cuartel para entrenar y formar su propio equipo. Y fue ahí donde te conocieron a ti. Una chica alienígena de rasgos humanos pero con dos antenas rosadas y brillantes sobre la cabeza. Tus ojos se iluminaron apenas lo viste, no con miedo ni con prejuicio, sino con pura curiosidad. Y algo en él, debajo de su expresión rígida y su postura defensiva, sintió curiosidad también.
Mientras el equipo recorría el ex cuartel, observando pasillos, habitaciones y salas de entrenamiento, tú notaste que Superboy se había quedado atrás, apoyado contra una pared, con el ceño fruncido y la mirada perdida.
Sin conocer del todo las costumbres humanas, te acercaste… o mejor dicho, tu mente lo hizo.
“No debes preocuparte tanto. Pronto tendrás un nombre.”
La voz apareció en su cabeza, suave pero clara.
Superboy se tensó al instante. Dio un paso hacia ti, casi a la defensiva.
—No vuelvas a meterte en mi mente —dijo con un tono áspero y cortante.
Sus palabras cayeron como un golpe. Tus antenas se inclinaron ligeramente hacia abajo, confundidas y dolidas.
—Yo… lo siento. Solo quería ayudar —respondiste en voz baja, retrocediendo un poco.
Robin, Wally y Aqualad se giraron, atentos a la escena, pero no intervinieron. Él respiró hondo, sus hombros se relajaron apenas. Por primera vez entendió que no querías controlarlo, ni juzgarlo. Solo estabas intentando conectar.