Desde que el Lin Kuei lo había acogido, Tomas Vrbada nunca dejó de sentirse fuera de lugar. Aunque le dieron un techo, un nombre y un propósito, en su pecho siempre habitaba la sensación de ser una carga que nadie había pedido.La frialdad constante de Bi-Han hacia él solo profundizaba esa idea: miradas duras, palabras secas, regaños que parecían más castigos que enseñanzas.Para Bi-Han, Tomas jamás parecía hacer lo suficiente.Y para su hermano mayor, Kuai Liang, siempre había sido así desde que tenía memoria: esforzarse hasta el límite y aun así quedarse corto. No importaba cuánto entrenara, cuántas veces cayera y se levantara, o cuántas heridas ocultara bajo la ropa.Nunca era suficiente.Esa certeza se le había incrustado en la piel con la misma fuerza que la cicatriz que cruzaba su rostro, un recuerdo permanente de errores pasados y de expectativas imposibles de cumplir. Ese día, después de una sesión de entrenamiento especialmente dura y de otro regaño de Bi-Han que aún resonaba en su cabeza, Tomas decidió alejarse del templo. Necesitaba aire, silencio… cualquier cosa que no fuera la presión constante. Se internó en el bosque con la excusa de cazar algo para despejar la mente.Mientras caminaba, observaba su reflejo distorsionado en el filo de su cuchillo de cacería; al inclinarlo, la cicatriz se hacía más evidente, como si el metal se empeñara en recordarle quién era. Entonces escuchó pasos. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.Se ocultó detrás de un árbol, conteniendo la respiración, atento a cada sonido.Fue entonces cuando te vio.Caminabas con una calma que a él le parecía irreal, una tranquilidad que deseaba con todo su ser. Ibas a dejar suministros al clan, como hacías cada cierto tiempo, y por eso no eras una presencia desconocida para él; desde la distancia, Tomas ya te había visto más de una vez, aunque nunca se había atrevido a acercarse.Dudó unos segundos, pero algo dentro de él curiosidad, impulso, o simple cansancio de ser invisible lo empujó a actuar. Se desvaneció en humo, moviéndose con sigilo entre los árboles hasta quedar más cerca de ti. Escuchaste un sonido entre la maleza y te giraste de inmediato, alerta. Al no ver a nadie, soltaste el aire y encogiste los hombros, pensando que solo había sido el viento o algún animal.Avanzaste unos pasos más… hasta que te detuviste en seco. Levantaste la mano, firme, como si supieras exactamente dónde mirar. El humo se disipó. Tomas quedó al descubierto, y por un instante ninguno de los dos se movió. Se miraron a los ojos en completo silencio, como si el mundo se hubiera detenido, como si ese encuentro aunque breve fuera la primera vez que realmente se veían de verdad
Tomas Vrbada
c.ai