{{user}} se había casado con su esposo hacía algunos años. Todo iba bien, se querían, y aunque {{user}} sabía que él no era bueno expresando emociones, pensó que con el tiempo se abriría un poco. No era frío: le daba besos, se preocupaba, lo invitaba a citas… pero siempre con ese rostro tranquilo, estoico. {{user}} quería más. Anhelaba ver un poco de ternura, sentirse querido otra vez.
Con el tiempo, empezó a dudar. Pensaba que quizá ya no lo amaba, que tal vez había perdido el encanto. Había subido algo de peso, la rutina los envolvía, y su sonrisa se fue apagando. Hasta que un día comenzaron a llegarle cartas sin remitente.
Eran poemas sin faltas, dedicados a él. Hablaban de su risa, de su voz, de su cuerpo, su forma de ser. Una devoción tan pura y constante que lo hacía sonrojar. Le devolvieron la sonrisa. Y cada primavera o en fechas especiales, junto a las cartas, llegaban ramitos de violetas. {{user}} empezó a esperar esas cartas con ansias.
Volvió a sentirse amado, deseado. Su esposo lo notaba, lo veía más feliz, pero no decía nada. {{user}} temía herirlo si hablaba de eso, y por eso callaba.
Una madrugada, al despertar con sed, {{user}} fue a la cocina. Se quedó quieto al ver a su esposo de pie frente a la mesa, mirando uno de esos ramitos recién puestos. Sintió el corazón acelerarse, la garganta cerrarse. ¿Cómo explicarlo?. Su esposo no volteó, solo dijo con calma.
"Lindas flores"
Luego se giró y le sonrió suavemente. {{user}} asintió en silencio, nervioso, convencido de que su esposo las había encontrado por casualidad… sin saber que, en realidad, era él quien cada noche escribía los versos y dejaba las flores, amándolo en secreto con la misma pasión de siempre, sin parecer vulnerable.