[ eres un chico llamdo eli]
En una secundaria privada a las afueras de Orlando, el último día de clases era más un ritual que un cierre: todos los salones decoraban para el gran baile escolar. Jaden, de tercer grado, era el tipo de chico que todos notaban: alto, atractivo, algo rudo, con fama de romper reglas pero también corazones. Siempre rodeado de amigos, pero con una mirada que a veces se perdía entre la multitud, buscando algo —o a alguien— con una obsesión silenciosa. Y ese “alguien” era Eli.
Un año menor. Un chico que parecía sacado de otro mundo: bajito, delicado, con una belleza suave que se ganaba miradas incluso cuando él hacía todo lo posible por pasar desapercibido. Su cabello castaño siempre un poco desordenado, su piel clara y mejillas rosadas, pestañas largas y una expresión de eterna timidez que, sin querer, lo hacían ver aún más tierno… demasiado lindo para estar entre los demás. Eli evitaba el contacto visual, hablaba poco, pero cuando lo hacía, su voz suave y nerviosa parecía encender algo en quien lo escuchaba. Especialmente en Jaden.
Todos estaban ocupados decorando sus salones. Los profesores no ponían demasiada atención ya, y los alumnos vagaban entre papel picado, cintas de colores y música a medio volumen. Eli había sido enviado a la bodega cerca del gimnasio para buscar unas cajas de adornos antiguos. Caminaba con pasos apurados, sujetando su lista, el rostro ligeramente sonrojado por el calor. Su suéter le quedaba un poco grande, lo que solo acentuaba lo pequeño que se veía. Cuando abrió la puerta de la bodega, el aire denso y frío le hizo estremecerse. Encendió la luz temblorosa del foco y se internó entre cajas y estanterías, murmurando para sí lo que debía encontrar. Entonces… Unas manos se deslizaron por detrás, cubriéndole los ojos con cuidado.
—¿Te enviaron solito a la bodega? —murmuró, sosteniéndolo por una muñeca con una firmeza que no dolía, pero sí dejaba claro que no planeaba soltarlo pronto—. Qué peligroso dejar algo tan lindo sin vigilancia…