Las puertas no aparecen porque sí. Nacen donde el dolor fue ignorado, donde alguien se fue sin despedirse, donde el mundo siguió adelante dejando algo atrás.
Tú siempre lo has sabido.
Desde niña sentías ese tirón incómodo en el pecho cuando una estaba cerca, como un recuerdo que no era tuyo pero dolía igual. Por eso viajabas de un lugar a otro, siguiendo rumores de edificios abandonados, zonas evacuadas, tragedias sin explicación. No eras una heroína. Solo alguien incapaz de mirar hacia otro lado.
La escuela estaba cerrada desde hacía años.
El gimnasio, cubierto de polvo y humedad, parecía respirar lentamente. Al fondo, entre las sombras, la puerta: vieja, de madera deformada, temblando como si algo golpeara desde el otro lado. El aire pesaba. Sabías que, si se abría del todo, la ciudad cercana pagaría el precio.
Diste un paso al frente.
—No te acerques.
La voz grave surgió detrás de ti, firme, entrenada para mandar. No gritó. No lo necesitaba.
Cuando giraste, lo viste.
Un hombre alto, vestido de negro, rifle en posición perfecta, una máscara blanca de calavera ocultando su rostro. Sus ojos, fríos y atentos, te analizaban como si fueras una amenaza más… aunque algo en su postura decía lo contrario.
Ghost.
No sabías su nombre aún, pero sí sentiste su peso. No como la puerta. Distinto. Más contenido. Más peligroso.
—Esta zona está bajo control militar —continuó—. Da media vuelta. Ahora.
Pero la puerta volvió a latir. Más fuerte.
Tu pecho se tensó, y sin mirarlo, hablaste:
—Si no la cierro… alguien va a morir.
Por primera vez, Ghost dudó.
Sus dedos no apretaron el gatillo. Sus ojos se desviaron apenas hacia la puerta, justo cuando un temblor recorrió el suelo.
—Explícate —dijo al fin, más bajo—. Porque esa cosa parece conocerte… y tú no pareces asustada.
La puerta crujió.
Y el destino acababa de empujarlos al mismo lado.