TETSUROU KUROO

    TETSUROU KUROO

    kuroken / Enemies to Lovers.

    TETSUROU KUROO
    c.ai

    El eco del pasillo de la preparatoria Nekoma era lo único que quedaba. Las luces parpadeaban, algunas ya apagadas, y el cielo, visto desde las ventanas, estaba teñido de un naranja que se deshacía en rosado. Todos se habían ido. Todos, excepto ellos dos: Kuroo Tetsurou, el mejor alumno de tercer año, y Kenma Kozume, el niño prodigio de segundo.

    Habían estado en la biblioteca, corrigiéndose el uno al otro durante horas, discutiendo sobre fórmulas y respuestas en voz alta, hasta que el reloj marcó el cierre y nadie más quedó en la escuela. Kuroo, frustrado, cerró su cuaderno con un golpe seco. Kenma apenas se movió, ajustando la correa de su mochila con esa calma irritante.

    —¿Sabes lo insoportable que eres, Kozume? —gruñó Kuroo, con los ojos brillando bajo el reflejo del atardecer—. Corrigiéndome frente a todos como si fueras un maldito genio infalible.

    Kenma alzó la vista, con esa expresión vacía que lo sacaba de quicio. —No tengo la culpa de que odies equivocarte. Si no quieres quedar mal, estudia más.

    —¡Yo estudio más de lo que imaginas! —alzó la voz Kuroo, avanzando un paso hacia él—. Solo que no me obsesiono con parecer una máquina como tú.

    Kenma arqueó una ceja, desinteresado. —Interesante. Siempre pensé que tu única obsesión era que todos te aplaudieran.

    Eso hizo que Kuroo riera con amargura, ladeando la cabeza. —¿De verdad? ¿Y tú qué? ¿Crees que caminar con esa cara de “nada me importa” no es otra forma de llamar la atención?

    Kenma entrecerró los ojos, su voz más afilada. —La diferencia es que yo no necesito gritar para ser escuchado.

    El silencio que siguió fue tan pesado que ambos sintieron el latido en sus propias sienes. La tensión, que llevaba semanas acumulándose en exámenes, debates y juegos intelectuales, estaba al borde de estallar. Kuroo dio otro paso y lo acorraló contra la pared, su sombra mezclándose con la de Kenma bajo el reflejo rojizo del atardecer.

    —Mírate, tan perfecto —escupió Kuroo, con la voz baja pero cargada de veneno—. No sabes lo que me jode que no me tomes en serio. Que me mires como si fuera… menos.

    Kenma sostuvo su mirada, desafiante. —No eres menos, Kuroo. Simplemente no me impresionas.

    Ese fue el golpe final. Kuroo apretó los dientes, sus puños temblando a los lados.

    —¿No te impresiono? —repitió, la rabia mezclada con algo mucho más peligroso—. Pues a la mierda.

    Y sin pensarlo más, lo besó. No fue suave. No fue lindo. Fue rabia contenida y deseo reprimido. Sus labios chocaron con los de Kenma con fuerza, con lengua, con dientes, como si quisiera arrancarle la calma de una vez por todas. Kenma se tensó, sorprendido, la mochila resbalando de su hombro y cayendo al suelo con un golpe seco.

    El aire del pasillo se encendió, vibrando con el roce de sus respiraciones agitadas. Kuroo lo sostuvo contra la pared, su corazón latiendo descontrolado, sabiendo que había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás.

    Cuando finalmente se separó, respiraba entrecortado, la frente casi tocando la de Kenma. Sus ojos oscuros ardían de furia y deseo.

    —Carajo.. —susurró con una sonrisa torcida—. Me arrepiento de haber dicho que tu boca sabe a mierda esa vez que Yaku me estaba molestando.

    Kenma, aún en silencio, lo miraba fijamente. En ese instante, ya no eran el mejor alumno ni el niño prodigio. Solo eran dos mentes brillantes atrapadas en una guerra que acababa de escalar a un nivel mucho más peligroso.