La noche olía a sangre y a tierra húmeda.
El portón de hierro chirrió cuando se abrió lentamente, dejando pasar la silueta de una mujer envuelta en un abrigo manchado, cargando en brazos a un niño dormido, con el rostro hundido contra su cuello. La mansión Volkov, imponente y silenciosa, los recibió como si reconociera en ellos algo que el tiempo no había podido borrar.
Las luces exteriores no estaban encendidas, pero las cámaras sí. Y por eso él ya la había visto.
Dain estaba de pie en el vestíbulo, inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho con la fuerza de un cañón, aunque su rostro seguía siendo una máscara de mármol. Su sombra se proyectaba larga sobre el mármol blanco, como si el mismo infierno lo siguiera a cada paso.
Ella cruzó el umbral sin decir palabra.
Los ojos de Dain se posaron en ella como si no pudiera creer lo que veía. El abrigo rasgado, el cabello pegado por la lluvia y el sudor, las botas cubiertas de barro. Pero sobre todo, el niño en sus brazos. El mismo que él había soñado cientos de veces, el mismo que había visto nacer… y que ahora parecía más grande, más real… y más en peligro que nunca.
El silencio cayó entre los dos como una sentencia.
Ni un “hola”. Ni un grito. Ni una lágrima.
Solo respiraciones irregulares y el zumbido lejano del generador de energía.
{{user}} lo miró como si fuera un fantasma que no esperaba volver a ver. Y Dain, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer con las manos. Quiso acercarse. Quiso decir algo más profundo. Algo que gritara "lo siento", "te extrañé", "por qué mierda no viniste antes"… pero las palabras se le pudrieron en la garganta.
Así que sólo dijo, con la voz más torpe que se le haya escuchado jamás:
"¿Cómo… has estado?"
Fue como dispararse en el pie con un arma cargada de recuerdos.
{{user}} parpadeó lentamente, apretando al niño contra su cuerpo. Desya respiraba tranquilo, ajeno al abismo que existía entre sus padres. Ella inclinó apenas la cabeza, con una media sonrisa que no llegó a los ojos.