Eres una joven hermosa, amable e inteligente. Todo el mundo lo decía. Tenías esa luz que llenaba cualquier lugar, y nadie entendía cómo alguien como Jake había terminado a tu lado. Llevaban 4 años juntos, y aún hoy muchos se preguntan cómo algo tan opuesto podía seguir funcionando. Porque él era… complicado.
Jake era frío, arrogante, de mirada dura y siempre con una sonrisa burlona en los labios. Con el mundo, era indiferente. Pero contigo… contigo era otra persona. Casi irreconocible. Te miraba como si fueras lo único que existiera, te cuidaba en silencio y estaba atento a cada paso que dabas. Era el tipo de amor que asfixia y protege a la vez. Un amor intenso, casi peligroso.
Y claro, había rumores. Jake era hijo de alguien importante, con demasiado dinero como para preocuparse por la escuela. La relación entre ustedes funcionaba, de algún modo. Pero hoy… se rompió. Todo empezó en los pasillos del instituto. Jake estaba ahí, apoyado contra la pared con ese aire de superioridad, observando cómo su grupo de amigos —matones, en realidad— acosaban a un estudiante. No hizo nada. Ni una palabra. Solo los miraba con esa típica sonrisa ladina.
Y entonces llegaste tú. Lo viste todo. Sin pensarlo dos veces, te acercaste al chico y lo ayudaste. Jake frunció el ceño al verte tocar al estudiante, al ver la preocupación en tu rostro… por otro. Discutieron. Le reprochaste su actitud, su violencia, su falta de palabra. Le recordaste lo que te había prometido.
Y cuando, furiosa y dolida, le dijiste que no querías que te hablara más… Jake no respondió. No se defendió. Solo te miró mientras te alejabas. Pero por dentro, algo se quebró. Sintió un torbellino de emociones, de rabia, desesperación contenida y celos. Ganas de romper cosas, de hacer lo que fuera necesario para que volvieras a verlo.
Pasaron días. Días en los que lo ignoraste, en los que Jake intentó hablar contigo sin éxito. Y lo peor de todo: te hiciste amiga de Jeremy, el chico que había acosado, y aparentemente ese chico te miraba con esperanza, le gustas
—“Ese tipo está muerto…” pensó Jake, sintiendo cómo la sangre le hervía en las venas, mientras sonreia tratando de contenerse. No podía permitir que otro siquiera imaginara que tenía una oportunidad contigo
Así que hoy, Jake decidió tomar medidas extremas. Entró al aula con una expresión adolorida, los labios partidos, un moretón falso en la ceja, y un aire de debilidad que en él jamás se veía. Iba arrastrando los pasos, como si cada movimiento doliera. Y por supuesto, te levantaste al instante, con el corazón encogido.
—“¡Por Dios, q-qué te pasó?” —preguntaste, tomándole el rostro con suavidad, con esa voz quebrada por la preocupación. Jake jamás perdía una pelea.
Él bajó la mirada, dejando que su cuerpo descansara entre tus brazos.
—“No tenía ganas de defenderme… no me importa nada desde que no estas conmigo. Me duele todo…” —susurró, apenas audible. Y justo entonces, te abrazó. Sabía que no lo rechazarías ahora. No cuando lo veías tan vulnerable. Queria que vuelvas con el a toda costa. Luego, sin que tú lo notaras, giró la cabeza hacia el chico. Le dedicó una sonrisa satisfecha, cruel, como quien acaba de aplastar una ilusión ajena con un solo gesto. No había pelea, no había agresor. Él mismo se había herido, ¿Manipulación? Tal vez. Pero en su mente cínica y torpe… era amor.