Ambos creadores de contenido compartían la misma duda, como un eco sutil en sus pensamientos: ¿Qué puede ocurrir en una fiesta? La Bresh, abría sus puertas esa noche para unos pocos elegidos. Era el santuario de la música y los secretos, donde las historias nacían entre canciones que quemaban el aire y miradas que lo decían todo sin pronunciar palabra.
La noche latía con fuerza. El aire olía a sudor y a bebidas. Cada rincón parecía vibrar bajo la urgencia de vivir algo que pudiera contarse después.
Fue entre el murmullo de conversaciones y el sonido de pasos apurados donde sus caminos, inevitablemente, se cruzaron.
No fue bajo un reflector ni en medio de la pista vibrante, sino en un lugar más humano y real: la fila interminable para los baños. Allí, entre la impaciencia general, las risas nerviosas y el ruido amortiguado de la música, sus miradas se encontraron. Un roce accidental, una disculpa susurrada, una sonrisa que parecía abrir una puerta invisible entre ustedes dos.